Relatos de talleristas
Historias colectivas: La magia de los libros
Alejandra Cohen, María Laura Benítez y Martha Surribas
Clarisa es una joven de 17 años, con piel blanca, pecas y rulos revueltos. Risueña y atolondrada, siempre amó la lectura, lo que la llevaba a imaginar y crear historias fantásticas.
Conocía cada rincón de su pueblo: Villa La Angostura; sus caminos sinuosos, aquellos lagos donde se refrescaba, los árboles de copa grande que la invitaban a leer en su base…
En los últimos días, contaba con un sitio recién descubierto, Libroturia, su lugar en el mundo: un pueblo de casas hechas con libros. Allí se podía elegir uno y al abrirlo se transportaba a la historia, es decir, en unos segundos se convertía en la princesa Sofía del siglo XV de España o podía pasar a ser el detective John, de California.
Se imaginaba dentro de un palacio real, rodeada de jardines floridos y fuentes de agua cristalina. Con muchos lujos, pero muy poca libertad para poder realizar lo que realmente quería. No le gustaba llevar una vida de mandatos y protocolos; para sus 17 años, hubiera preferido ser una chica más de la multitud.
Sus días y noches eran monótonos, llenos de tareas y estudios que realizar. Debía prepararse para ser una futura monarca, título de nobleza que recibía por herencia pero no por su preferencia y elección. Un día tuvo la idea de pasar inadvertida y hacer lo que una joven de su edad hacía. Armando una estrategia, salió del palacio a recorrer las calles y sitios que nunca de otra manera conocería. Vestida sencilla, se encontró con uno de los jardineros del lugar donde vivía y, sin ningún tipo de reparos, comenzó una conversación como cualquier chica de su edad. Juntos caminaron un buen rato de igual a igual, aunque él no podía dejar de llamarla "Su Alteza", a lo que ella contestaba: “Sofía, por favor”.
Las miradas cómplices de dos enamorados comenzaban a darse casi sin pensarlo. Ella lo había visto arreglando el jardín desde su ventana y él cuando pasaba por los caminos hacia su morada. Qué difícil sería continuar con esta relación tan pura, tan bella, como el amor de una jovencita y un muchacho alegre y apuesto que solo querían ser dos.
La acompañó gentil hasta un gran portón, Sofía le tomó de las manos y él su frente besó. Corrió apresuradamente para que nadie la viera entrar a su cuarto, desde arriba lo saludó, con lágrimas en los ojos porque este sueño de un día se acabó. Dos jóvenes enamorados y dos mundos distintos que los separó.
Sofía siguió mirando por años con ilusión el jardín, pero él nunca más volvió.
—¡Clarisa, despertate! ¡Dejá ese libro de una vez! —se escuchó. Era su madre que le avisaba que la hora de los sueños había terminado. Ella saltó de la cama con sus rulos despeinados contestando:
—¡Ya voy, mamá!
Sin embargo, apenas escuchó que su madre se alejaba, retomó la lectura.
Mientras dos doncellas la vestían y peinaban, otra trajo su desayuno. Una bandeja poblada de sus manjares favoritos: jugo, frutas, tortas, pan recién horneado, queso y dulces, que dispuso en una mesa frente a la ventana. Sofía, ya lista, se sentó a disfrutar de su pequeño banquete pero una extraña sensación la invadía. Minutos antes de que se aprestara a salir, José, el chambelán, fue a buscarla; la requerían en el salón dorado. La princesa preguntó para qué, pero no obtuvo respuesta.
Juntos recorrieron los extensos corredores alfombrados, cuyas paredes contenían numerosas pinturas de sus antepasados. Por las ventanas, el sol de la mañana, a través de las cortinas, iluminaba y entibiaba el ambiente. Sin embargo, no alcanzaba a templar el alma de la muchacha, sobre la que había caído una sombra helada.
Cuando llegaron al salón, fueron anunciados y les abrieron la puerta. A esas alturas, Sofía estaba más que preocupada. Al entrar, vio a sus padres, al Capellán, al Secretario del Rey y a dos personas más que no conocía, pero sus atuendos y condecoraciones denotaban su rango. Se hicieron las presentaciones de rigor. Eran representantes de la realeza francesa. Aquello que parecía tan lejano había llegado. Sus temores se hicieron realidad, se había concertado su casamiento con el rey de Francia, Luis XIII. Sofía sabía cuál iba a ser su suerte, sin embargo, nunca pensó que sería tan pronto. Cuando su corazón conoció el amor, albergó la esperanza de un futuro diferente.
Las coronas tenían todo arreglado, estas uniones eran acciones políticas de gran importancia para consolidar el poder de los reinados. La boda fue una de las más fastuosas de la nobleza europea y se realizó en Francia.
La ahora reina apenas era una sombra de lo que solía ser. Lejos de su tierra y de sus afectos, cumplió su destino, aquello para lo que había sido preparada desde que nació. Sus alegrías eran escasas, en una corte donde era considerada una extranjera y se la subestimaba por ser mujer. Con un esposo al que casi no conocía ni veía, los mejores momentos de su día eran pasear con sus damas de honor por los jardines. Llegaba a un lugar que le recordaba su hogar, se sentaba siempre en el mismo banco y su mirada se perdía en el horizonte. Todos se preguntaban por qué la reina todos los días repetía ese ritual. Nadie sabía que sus ojos buscaban la figura de aquel humilde muchacho que supo ganar su corazón para siempre.
Las lágrimas de Clarisa cayeron sobre la última página, las secó con un pañuelo y cerró el libro acongojada. Al día siguiente volvería a buscar otra historia.
Historias colectivas: Soñada
Soñada es una ciudad como cualquier otra, con gente como cualquier otra. Sin embargo, es conveniente aclarar que los que la visitan suelen regresar diferentes; los pobladores dicen que hay una energía especial. Yo creo que hay mucho más que eso.
Martha Surribas, Alejandra Cohen y María Laura Benítez
La ciudad de Soñada está anclada a los pies de unas sierras que conservan todo el año innumerables tonalidades de verde. El aire tiene una mezcla de aromas donde predominan el eucalipto y el pino, que llenan de oxígeno el pecho. Este valle al oeste está repleto de cítricos: naranjas, mandarinas, pomelos y limones, que florecen y dan frutos dos veces al año. Al este, los olivares coronan los caminos que llevan a la sierra y dejan en los senderos botones verde oscuros y morados.
Caminando hacia el sur, se encuentra la playa. Es pequeña con sus arenas finas y blancas, y el agua es tan transparente que deja ver la intimidad del río. Los pequeños peces pueden observarse a simple vista, así como el colchón de monedas de oro de su fondo. Sí, monedas de oro. Todos los mediodías, el sol lo atraviesa y le arranca un reflejo dorado que queda flotando sobre el agua. Claro que nada es lo que parece. Cuando alguien toma una moneda y la saca del agua, esta se vuelve piedra, lo que sorprende absolutamente a su captor. Se comenta que ese brillo del mediodía tiene efectos especiales. Lo llaman el río de las emociones.
La temperatura es templada, con algunos picos de calor ideales para disfrutar de la inmaculada playa y del agua del río. Solo llueve suavemente por las noches, lo que deja pequeños cristales sobre la hierba que el día y la tierra se roban.
Al amanecer, puede verse y sentirse como el sol trepa por las laderas, con sus brazos peina la sierra y amarillea sus verdes hasta que se posa en las nubes. El canto de los pájaros comienza tímidamente hasta explotar junto con la tibieza de sus rayos.
Hay cuatro pequeños arroyos que atraviesan la ciudad y terminan en el río; suelen estar secos la mayor parte del año. Cada uno de ellos tiene propiedades especiales que solo se manifiestan cuando llevan agua. Este secreto ùnicamente lo conocen unos pocos en Soñada.
Las mañanas están cargadas de una energía particular, por lo que basta salir a caminar para sentir la vida fluir con intensidad por el cuerpo. Por su parte, las tardes invitan a la meditación en contacto con la naturaleza.
Sus habitantes no son diferentes a los de cualquier lugar, simplemente se los ve más felices.
Cuando Elena se ocupó de organizar el viaje con sus amigas, no dudó en investigar de qué se trataba Soñada, y solo atinó a comentarles que iba a ser inolvidable.
Finalmente, Elena, Carina, Liliana y Sandra rumbearon por cuatro horas hacia Soñada. Cuatro horas de preguntas y misterio, cuya única data eran sus secretos. Apenas llegaron al lugar, sintieron un sol intenso que las abrazaba con su calor; se miraron extrañadas aunque siguieron avanzando como si no hubiera pasado nada, pero ya comenzaba a pasar mucho…
La gente del hotel tenía una actitud positiva, sonrisas y palabras pausadas; y fue el conserje quien les sugirió ir al “Parque Cosquillo”:
—Es fundamental para comenzar… —había dicho.
Cuando arribaron, la entrada era un largo pasadizo. Temerosas pero con coraje, entraron. De pronto, un cosquilleo se apoderó de ellas y a medida que avanzaban se intensificaba más.
—¿Qué es esto? ¿Qué está pasando? —No paraban de reír.
—¡¡Un túnel de cosquillas!! —Las carcajadas se volvieron ruidosas y sus movimientos incontrolables.
Al final del recorrido, aún seguían riendo, excitadas y contando su experiencia. Continuaron con su paseo y notaban que cada lugar por donde pasaban les provocaba una sonrisa. ¿Será por eso que sus habitantes eran tan felices?...
Mientras esperaban los dos días para que emerja el agua de los arroyos y enterarse de los secretos, aprovecharon para conocer el sitio y su gente: el entusiasmo, el descanso y el estado de vigorosidad eran el común denominador.
El día esperado por el pueblo llegó: el sol asomaba en Soñada y los habitantes se agolpaban en las orillas de los arroyos; las amigas seguían a la manada y también corrían hacia allí.
Cuando el sol, finalmente, se posicionó en todo su esplendor, en ese instante, los arroyos se fueron transformando en manantiales de aguas azules, con movimientos sincronizados y emanando una magia particular que permitía rociar a cada uno de los pobladores y transeúntes. Las cuatro amigas quedaron inmóviles ante poderosa y fantástica lluvia.
En esos minutos, ellas podían observar la alegría de la gente y sus cantos eran de felicidad; era una gran fiesta donde, de a poco, ellas se fueron uniendo.
En unos segundos las aguas azules volvieron a su cauce y los arroyos quedaron secos, mientras los vecinos se abrazaban y reían:
—¡Qué generó estas aguas? —debatían las amigas.
—¡Me siento diferente! —acotaba Elena.
—¡Tengo ganas de bailar! —comentaba Liliana.
—¡Yo quiero cantar! —gritaba Carina.
—¡¡Seamos felices!! —vociferó Sandra…
Todas coincidieron en que ese lugar generaba un bienestar indescriptible, sin igual, porque ya lo estaban sintiendo y nada volvería a ser como antes.
Las horas pasaron velozmente y las mochilas tendrían que volver a su destino nuevamente. Cada una de ellas iría cargada de colores mágicos, de emociones y sentimientos de luz y alegría.
La noche previa a partir, se juraron volver a ese lugar encantado, donde los secretos escondidos fueron de a poco develados y se despertó en las cuatro amigas el gusto de sentirse libres como cuando eran adolescentes.
En los días compartidos volvieron a la esencia de su ser y mil preguntas hallaron sus respuestas. En la rueda de la vida giraban por caminos diferentes, pero ya nada iba a impedir que el viaje de la amistad se realizara, cargando el equipaje de sus historias pasadas, llevadas año a año para el reencuentro en Soñada. Reencuentro de cuatro mujeres valientes y encantadas, abrazadas al aprendizaje de cada día entre risas y carcajadas.
Historias colectivas: Caminando un sueño
María Laura Benítez, Martha Surribas y Alejandra Cohen
En una ciudad argentina, recién casados, entregaron sus vidas hacia el destino que tanto soñaron: un país donde pudieran concretar sus sueños. Delfina y Pedro iniciaron su viaje con algunos pesos y muchas ilusiones en su caminar. Con dos boletos y dos valijas, comenzaron su valiente decisión de emprender una nueva vida, aunque en esas valijas también eran transportados sus recuerdos, afectos, vivencias y juventud.
Partieron con la seguridad de encontrar esa ciudad donde pudieran progresar, cambiar y evolucionar. Eran muy bohemios, así que la experiencia de construir los tentaba por igual, aunque el dolor del desarraigo y dejar sus raíces atravesaba la piel sin cesar. Raudamente hacia la estación se dirigieron, sin mirar hacia atrás…
Al llegar, buscaron el andén. Faltaban veinte minutos para que saliera el tren. Subieron al coche correspondiente y buscaron sus asientos. Luego de guardar sus valijas en la parte superior, se sentaron, se miraron y se tomaron de las manos.
Unos años atrás, siendo novios, fueron a Capilla del Monte de vacaciones y se enamoraron del lugar. Todos los días salían a caminar y elegían los caminos más agrestes. La naturaleza con su arte les brindaba formas, colores y aromas que superaban la más fecunda imaginación. Los residentes del lugar tenían esa generosidad y hospitalidad propia de las provincias del interior del país. Los relojes eran iguales, pero los tiempos no.
Al regresar a Buenos Aires, ambos se sintieron extraños en su ciudad y con el correr de los días fue clara la decisión de buscar un nuevo destino para sus vidas.
Era casi el mediodía cuando llegaron a la estación de Córdoba. Buscaron un taxi que los llevara a la terminal de ómnibus. Allí sacaron los pasajes a Capilla y se fueron a comer. Estaban ansiosos pero muy emocionados; mil ideas pasaban por sus jóvenes cabezas.
A las cuatro de la tarde entraban a la pequeña casita que alquilaron. Estaba a unas diez cuadras del centro. La dueña había dejado encendida la salamandra que entibió su nuevo hogar y también sus corazones. Dejaron las valijas en el dormitorio y se prepararon unos mates. Más tarde, salieron a caminar y a realizar unas compras, y aprovecharon para conocer a algunos de sus vecinos.
Delfina, al día siguiente, comenzaba a trabajar en una escuela; adoraba dar clases y se había preparado mucho para ello. Pedro era herrero y un talentoso escultor: el metal hablaba en sus manos. Su nuevo hogar tenía un galponcito al fondo, donde iba a instalar su taller y donde refugiaría las herramientas que llegarían al día siguiente por encomienda.
El futuro les sonreía. La esperanza, la fuerza de la juventud y el amor eran el humus donde germinarían todos sus proyectos y deseos.
El tiempo pasó inexorable y la nieve, que todo lo cubría en los inviernos, se quedó en los cabellos de la pareja. La vida les dio tres hijos que estudiaban en Córdoba capital. Delfina y Pedro, con mucho esfuerzo, pudieron comprar la casita y hacer suyos muchos amaneceres y atardeceres desde la ventana del comedor. El hogar que construyeron estaba poblado de colores y plantas de todo tipo: cactus, aromáticas y flores, muchas flores. La madera reinaba en la casa aumentando la calidez que emanaba.
Ella estudió astrología y tarot mientras trabajaba como docente. El ambiente esotérico que reinaba en la ciudad despertó en ella nuevas inquietudes, que desarrolló y profundizó. Su poblada biblioteca hablaba de ello y las tardes siempre invitaban a la lectura.
Él logró ser un reconocido herrero en el lugar y en ciudades aledañas. Con su vehículo recorría los caminos serranos desde temprano atendiendo los pedidos de los vecinos. A la vez pudo desarrollar su vocación de escultor, que tanto placer le producía, y el galponcito finalmente se transformó en atelier. A través de sitios web ofrecía sus obras y las vendía, lo que acrecentaba los ingresos familiares.
Los afectos que dejaron en Buenos Aires los visitaban en los veranos y llenaban la casa de risas, anécdotas y recuerdos. También hubo muchas preocupaciones y grandes sustos, como cuando nació su segunda hija. Delfina atravesó algunos problemas en su embarazo y tuvo que hacer reposo. Tenía una cesárea programada, pero la bebé decidió adelantar su llegada. Eran la 22,30 de una noche cerrada y fría de julio, cuando Pedro cargó en su camionetita a su mujer en pleno trabajo de parto y a su hijo de cuatro años. El camino parecía más estrecho y oscuro que de costumbre; y las curvas, más pronunciadas. Además, no podía aumentar la velocidad por el agua-nieve que caía sin parar. Los treinta y un kilómetros que debían recorrer parecían interminables. Las contracciones de su esposa cada vez eran más intensas y seguidas. Cuando avistaron las primeras luces de la ciudad de La Falda, Delfina rompió bolsa y todo se precipitó. Sintió que su bebé iba a nacer ahí, en la camioneta. Llegaron a la Clínica donde los estaban esperando, la subieron a una camilla y apenas habían ingresado al hall, cuando la niña nació. Después del susto inicial y de corroborar que madre e hija estaban en perfecto estado, todos se relajaron y rieron con la situación. Los médicos de guardia y el resto del personal recordaron por años ese parto tan repentino e inusual.
La ventana con vista a la sierra, desde el inicio, fue su lugar favorito. Allí volvían a tomarse de la mano disfrutando del contacto de su piel y se besaban con pasión. Entre esas paredes se tejieron infinidad de historias que los unieron y fortalecieron.
En esos sencillos e intensos momentos donde disfrutaban de su intimidad, sentían que realmente había valido la pena tomar el desafío de emprender una nueva vida y dejarse llevar por el corazón.
Ya con 80 años, una noche, tomaron sus bastones y lentamente caminaron unos pasos hacia su habitación. En los últimos tiempos, sus días terminaban más temprano y el sol los acompañaba hasta la cama y los arropaba. Cada noche era el mismo ritual: intercambiaban una palabra, un cálido beso y un “hasta mañana, amor”.
Esa noche, ya en la cama, se tomaron de las manos, luego un beso suave y un “¡siempre juntos!”…
El sol asomó su calor sobre Capilla del Monte. Un día diferente comenzaba; un día con algunos rayos menos de sol, un día de recuerdos y algunas lágrimas... Un día donde el color del cielo se iluminaba.
Soledad
Martha Surribas
La tarde era fría pero no me importaba, porque como siempre, iba a sentarme en una mesa del bar Cervantes a leer un libro. Era un lugar anticuado, con pocas mesas y ubicado en una esquina céntrica. Un rincón junto a la ventana era mi lugar preferido, puesto que me permitía ver el exterior y me daba cierta intimidad. No estaba acostumbrada a socializar. Otra razón por la que acudía allí todos los días, eran sus exquisitas tortas.
—Buenas tardes Raúl —saludé al mozo.
—Aquí está su mesa preparada, María, ¿Qué torta va a querer hoy?
—¿Qué me recomienda?
—Hoy le recomiendo una de chocolate con frutillas.
—Perfecto. Tráigame una porción y un té Earl Gray como siempre.
Mientras esperaba a Raúl, saqué mi libro y lo abrí donde me indicaba la estampita de la comunión de mi sobrina. Terminaba el primer párrafo cuando llegó mi pedido. Por un momento aparté mi libro para disfrutar de mi merienda; mientras lo hacía, entraron tres mujeres: una mayor, otra de mediana edad y la tercera no pasaba de los veinte. Vestían muy bien, se podía decir que demasiado para el lugar. Quizás por ello llamaron mi atención. Se sentaron en una mesa ubicada en diagonal a la mía y conversaban animadamente. Se las veía felices. No alcanzaba a escuchar lo que hablaban, pero imaginé que eran de la misma familia.
Se les acercó Raúl y, luego de observar la carta por un rato, ordenaron. Volvieron a su mundo de palabras, gestos y miradas. Había una relación de amor entre ellas, se notaba. Raúl llegó con los tés y las tortas interrumpiendo la escena que yo observaba. Tan pronto como se fue el camarero, se dedicaron a lo que tenían servido. La forma en que giraban la cucharita para endulzar el té, el modo de tomar la taza y el tenedor era increíblemente idéntico. Cualquier persona lo hubiera notado.
Quise poner mi atención en la lectura como lo hacía a diario, pero terminé la página sin poder recordar una frase. Mi mirada volvía una y otra vez a las tres mujeres. Imaginaba qué podrían decirse: seguramente salieron a caminar, o tal vez de compras y se detuvieron a merendar para conversar más tranquilas.
Así disfrutaban ellas del momento y yo mirándolas. Me sentía parte de su felicidad. De pronto, comenzó a sonar un teléfono y las tres acudieron a sus carteras. El de la señora de mediana edad era el que sonaba; al atenderlo, su expresión fue cambiando y su rostro palideció. Luego de cortar, las otras dos la interrogaron inquietas. Algo grave había sucedido, era evidente. Llamaron al mozo, pagaron la cuenta y rápidamente salieron del lugar, compungidas.
Sobre la mesa quedaron las tazas de té a medias y las tortas. Yo también sentí la necesidad de irme. Al cobrarme, Raúl se mostró sorprendido, hasta con ganas de preguntarme por qué me iba tan temprano. Ni siquiera había tomado mi jugo exprimido.
Como siempre, caminé sola hasta casa, con mi libro en la mano. Recorrí las tres cuadras despacio con una sensación extraña, tenía una opresión en el pecho. Parada frente a la puerta y al abrir las dos cerraduras, la soledad me envolvió nuevamente con una fuerza inusitada. Una vez adentro, volví a pensar en ellas, en sus rostros, en la atmósfera de afecto que las envolvía. Me preguntaba qué habría podido suceder en su familia. Y así me quedé, sentada y pensativa en el sillón, con una angustia que no era mía.
En el barro
Martha Surribas
Detestaba los fines de semana, le parecían una pérdida de tiempo y dinero. Mientras se preparaba un café y mordisqueaba una galletita, repetía una y otra vez: "Nadie quiere trabajar en este país".
Su esposa y su hijo aún dormían, en un par de horas se irían a la quinta de Paso del Rey, como todos los fines de semana. Ya habían desistido de convencerlo para que no abra la ferretería los sábados, que la salud y la familia eran más importantes. Él prometía una y otra vez que llegaría para la hora del mate, pero ya no lo esperaban. Sabían desde hacía tiempo que eso nunca ocurría. Al principio, llamaba para excusarse; tiempo después, ni siquiera llamaba. Así que, su esposa y su hijo disfrutaban del fin de semana junto a amigos y familiares. Ya nadie preguntaba por él; todos lo conocían muy bien: su miedo a dejar de ser un hombre respetado no le permitía disfrutar de sus logros.
Todos los sábados se levantaba temprano, como siempre, desayunaba y se iba a su local. Le gustaba llegar con tiempo, para revisar y preparar todo antes de que lleguen sus dos empleados. Solía decir: "Estos aprovechan cualquier excusa para holgazanear". A las ocho en punto levantaban la persiana y el local comenzaba a llenarse de gente. Era un negocio próspero.
A las trece se cerraba puntualmente, pero Lanari se iba tres o hasta cuatro horas más tarde. Se quedaba haciendo inventario y preparando la lista de lo que se debía reponer. “El ojo del amo engorda el ganado", repetía una y otra vez.
Muy atrás había quedado su pasión por tocar el violín. Lo hacía tan feliz... pero se dio cuenta de que la música le proponía un futuro incierto. Por eso, enterró en el fondo de su corazón ese lado sensible de su personalidad y puso toda su energía en generar dinero. Pronto descubrió que tenía mucha habilidad para ello y pocos escrúpulos para lograrlo.
Uno a uno fue logrando sus objetivos. Primero compró su coqueto departamento en Capital, para dejar de alquilar. Un par de años más tarde, luego de una maniobra poco clara con un socio que tuvo, logró ser propietario único del local donde funcionaba su comercio. Y por último, hacía pocos meses, había adquirido un auto. Se sentía muy satisfecho.
—Si no pisás cabezas, te pisan —solía decir.
Ese sábado llegó a su hogar por la tarde, aún no eran las cinco. El silencio le dio una fría bienvenida y le recordó que estaba solo. Dejó el saco en el perchero y fue al baño a lavarse las manos y luego hasta la cocina. Tenía hambre, ya que solo había comido un par de bizcochos que encontró en un paquete, mientras inventariaba. Buscó en la heladera y allí descubrió unas empanadas que le había dejado su esposa en un plato. Preparó el mate para acompañar las empanadas. Entretanto, encendió la radio para escuchar las noticias.
Luego de comer, el cansancio le dio cuenta de lo mucho que había trabajado. Como no quería dormirse, decidió salir a caminar. La plaza del Congreso se veía linda por las tardes; él solía llevarles pan a las palomas y las observaba desde un banco. Más tarde, acostumbraba dar unas vueltas, caminar lo despejaba. Además buscaba cansarse ya que no podía dormir una noche completa hacía mucho tiempo. Cuando bajaba el sol, emprendía el regreso puesto que a las veinte comenzaba Martín Fierro en Radio El Mundo.
Fiel oyente de radioteatros, durante la semana, no se perdía una sola emisión de Los Pérez García. Era un ritual familiar sentarse con su esposa, en los acogedores sillones del living, para escuchar los innumerables problemas de la familia más famosa del país. Los sábados, en cambio, estaba solo y al llegar de su caminata, escuchaba unos tangos mientras se preparaba una picadita que acompañaba con un vaso de buen vino. Para eso trabajaba, para darse los gustos.
No era una persona que socializara demasiado, por lo que tampoco tenía amigos, sólo conocidos de su esposa. Su reloj pulsera le indicó que ya eran las 20.30. Se acomodó en su sillón, los pies sobre un taburete y el plato y el vaso en la mesita ratona. La música le anticipó el inminente inicio de la historia más representativa de la literatura gauchesca. Mientras escuchaba los avatares de este personaje trabajador, cuya vida fue marcada por las injusticias sociales de su época, comía y bebía plácidamente.
Al sonido de galopes de caballo, desenfunde de facones, corridas y payadas, su mente se transportaba a otros lugares. El aroma del vino y su calor deslizándose por la garganta le provocaban un placer y una tranquilidad que le permitían relajarse. En medio de ese sopor, llegaba el sonido de la radio a sus oídos.
Repentinamente se despertó. El comedor sólo estaba iluminado por las luces de la calle que ingresaban por el balcón. La radio seguía prendida, pero la programación había finalizado, extendió su mano con pereza y la apagó. Encendió la lámpara de pie, se paró y se preguntó frotándose los ojos: “¿Qué hora será?”, mientras decía:
—Me quedé dormido en el sillón.
Sintió deseos de orinar, fue al baño y al salir miró la hora: las tres y media de la mañana. Una vez más, el insomnio lo despertaba a la misma hora. Encendió un cigarrillo y salió al balcón, su esposa no quería que fumara adentro. La noche estaba fresca y la niebla no le permitía ver más allá de unos metros. Mientras sentía el humo ingresar en sus pulmones y lo observaba al salir, pensaba en lo conforme que estaba con su vida. Sólo este maldito insomnio que lo perseguía y no lo dejaba descansar. Para peor, ni la radio podía escuchar.
Nervioso, se fue del balcón, cerrando las puertas de un golpe. Ya adentro comenzó a escuchar una música. Prestó atención, parecía provenir de la calle. No, no podía ser a esa hora. Tomó el plato y el vaso para llevarlos a la cocina, allí los lavó y secó. En el silencio de la noche se destacaba esa música lejana. Parecía una guitarra... Volvió al comedor, se puso el saco y salió rumbo a la calle para descubrir qué sucedía.
Una vez en la calle, lo envolvió la niebla y su humedad. Se subió las solapas del saco y comenzó a caminar en dirección a los acordes de guitarra. A los pocos metros, tropezó con unos cascotes pero mantuvo el equilibrio, aunque se salpicó los zapatos y el pantalón. Cruzó la calle con cuidado, ya que no veía demasiado. Al bajar el cordón, en lugar del empedrado, se encontró parado en el barro. Seguramente estaban arreglando la calle, pensó. A medida que avanzaba se escuchaba más fuerte la guitarra, parecía una peña pero… ¿a esa hora? Por fin, en la esquina, bajo la tenue luz de un farol, lo vio: era un extraño personaje que no sacaba los ojos de las cuerdas mientras tocaba. Un moreno sentado en un banquito de junco, de mediana estatura, a quien la vida le había surcado el rostro con su paso. Debajo del sombrero de panza de burro, se asomaba su crespo cabello ya blanco, que destacaba lo oscuro de su piel. Pañuelo al cuello, camisa holgada y desgastada dentro de un amplio pantalón sostenido por una soga. Su asombro llegó al límite cuando vio sus botas de potro, sin taco y puntas abiertas desde donde asomaban las puntas sucias de sus dedos.
—¿De qué corso se escapó este? —Se le escapó en voz alta. Fue entonces cuando el moreno levantó los ojos y su expresión no era amistosa.
—Este hombre que usted ve se ha llevado a más de uno por mucho menos —dijo una voz gruesa y ronca en forma amenazante.
Bastante intimidado, Lanari le dijo que no podía estar a esas horas causando disturbios, que la gente decente necesitaba dormir y que algún vecino podría llamar a la policía. Cuando su interlocutor escuchó la palabra policía, apoyó su guitarra con cuidado sobre el farol e, inseguro, hizo dos intentos para pararse hasta que, al fin, en el tercero lo logró. De pie, se hizo más evidente su edad. Llevó lentamente su mano derecha hacia atrás y sacó un facón.
—¡Éste que tiene enfrente no es un nadie! ¡Este viejo bichoco se cargó a varios más grandes que vos! —gritaba el anciano—. ¡Ningún cajetilla me va a venir a amenazar al ñudo! ¡Te voy a achurar! —Sin decir más, como toro desbocado, se le fue encima.
Lanari, que seguía con la mirada sus movimientos, dio un salto hacia atrás al ver el arma. No daba crédito a lo que pasaba; retrocediendo, intentó dar unas disculpas y calmar al irracional extraño. Pero éste no lo escuchaba. Su figura fantasmal entre la bruma de la noche se le acercaba más y más. Tomó impulso para asestar el puntazo, pero su viejo cuerpo no acompañó sus intenciones, se tropezó en el barro y al intentar conservar el equilibrio, trastabilló y cayó boca abajo.
Por un momento sintió alivio, pero al ver que el moreno no se levantaba, se acercó diciendo:
—Vamos, señor, tranquilícese y levántese.
Al no obtener respuesta, esperó y miró a los costados como buscando ayuda. Se agachó y lo tocó sin obtener respuesta. Su corazón latía acelerado y su respiración era agitada, aún estaba atemorizado. Finalmente, con cuidado, lo giró.
Los ojos desorbitados, la boca abierta, en medio de su vientre el puñal clavado hasta el mango y en la calle una espesa mancha de sangre se mezclaba con el barro. Sintió algo tibio en su rodilla derecha: era sangre. Se paró de golpe y comenzó a correr pero sus piernas no respondían, cada zancada era lenta, parecía adherirse al pegajoso fango. Comenzó a sudar, un miedo diferente a todos lo embargó, era un terror primitivo. Sus pupilas se dilataron, escalofríos y piel de gallina recorrían su cuerpo entero. La adrenalina dominaba todos sus actos.
Cuando llegó a la puerta de su edificio, casi no podía respirar, sólo pensó en ocultarse. Subió al departamento y salió al balcón. Se preguntaba si alguien habría escuchado o visto algo, volvió a entrar. Se sacó la ropa y la echó al canasto. Buscó una muda y se metió a la ducha. Quería arrancarse de la piel, con el agua caliente y el jabón, todo lo que había vivido y tocado. Sentía náuseas y estaba mareado. Mientras estaba bajo la ducha, repasaba todo lo que había ocurrido. Se repetía una y otra vez que él no tenía la culpa de nada, que ese negro de mierda estaba loco. Lo que faltaba es que le venga a cagar la vida un vago como ese, se decía.
Una vez en pijama, encendió un cigarrillo y se sirvió otro vaso de vino para sacarse la tensión. Daba vueltas pensando diferentes escenarios, hasta que por fin concluyó que era imposible que alguien viera algo con esa niebla. Fue hasta el dormitorio, se acostó y casi sin buscarlo se durmió.
Cuando despertó, estaba sentado en el comedor. Miró extrañado a su alrededor, bajó los pies del taburete y una sonrisa aliviada se dibujó en su cara. Había sido un sueño. Estaba tan cansado que soñó cualquier cosa, pensó. Fue al dormitorio, se desvistió y se acostó dispuesto a dormir profundamente.
Las luces de la mañana del domingo lo despertaron de un apacible descanso. ¡Cuánto hacía que no dormía una noche completa! Se puso sus pantuflas y fue al baño. Al abrir la puerta, se quedó paralizado: a un costado del bidet, estaban tirados sus zapatos cubiertos de barro.
¿Adivinaste con qué cuentos hace una intertextualidad "En el barro"?
El grupete de letras
Alejandra Cohen
Miro para cada lado pero no me puedo sostener; me mareo y otra vez caigo al piso.
Entreabro los ojos y la muchedumbre sigue muy cerca de mí, algunas resultan conocidas…
Por ahí veo una mujer de mediana edad, con mirada de abuela y una camisa que me gusta mucho; a su lado veo otra mujer, más alta y de lentes. Parece del campo o maestra. Por allá veo a un hombre sesentón, este parecería que vive un poco en la ciudad y un poco en la provincia, y su rostro refleja una financiera.
No puedo recordar de dónde los conozco, pero me resultan muy familiares…
¿Qué hace esta chica acá, tan cerca de mí? Ella también me resulta conocida, muy joven y con lentes, parece intelectual porque lleva muchos libros.
Aparecen algunas palabras y momentos difusos: disparate, disparador, ¿qué será?, ¿alguien habrá disparado?... y mientras recuerdo, siento un aroma a tango y Tita Merello.
Se me cierran los ojos, no sé si estoy soñando, vuelvo a abrirlos y, de a poco, voy recapitulando…
¡¡Claro que sí, como no reconocerlos!! A la derecha está María Laura: ¡cómo no va a tener cara de abuela si se lo pasa hablando de sus dos nietas, así como también de su familia y su entrañable tío…
Allá está Marta, con ese aroma a Pila y esas marcas de docente que te hacen meter en un mundo tan desconocido como increíble…
Ahora estoy divisando a Horacio, aquel hombre mitad Devoto y mitad Ciudadela. Cómo no reconocerlo si me dio la mejor idea para cobrar una indemnización, ¡un capo!...
Y esa jovencita de lentes con tantos libros, la DT del grupo, Luciana: tan generosa, que te lleva a un mundo fascinante, de las letras, que te estimula a animarte y a crecer y que te regala un espacio cálido plagado de títulos ¡incluso esos policiales negros que no entiendo!
Un espacio en donde se formó un grupo y debatimos sobre literatura clásica y la literatura personal de cada uno… Un espacio donde cada relato nos lleva a la nostalgia, a las risas, a algún viaje y a hasta ese mundo social que, a veces, se nos escapa de las manos… Un espacio de contención y de terapia para algunos…
Disparadores, correcciones, hojas recicladas o tareas no hechas, algunas de las palabras que resuenan bajo el sol de los sábados; esas mañanas de sábados con cara de dormida y apurada para llegar al Abasto, pero que valen la pena para compartir.
Por eso, y tomando una frase de sus devoluciones, con la originalidad que me caracteriza, ¡este relato es para ustedes!
Antonio González
Horacio García
Como siempre desde hace tantos años, el primer movimiento del día era dirigirse al dormitorio de su madre, luego de cerciorarse de que respiraba, seguía camino al baño. Como siempre, antes de entrar a la ducha se lavaba los dientes, gesticulaba frente al espejo y hacía las mismas muecas que nunca le habían hecho gracia. Luego, como siempre, se afeitaba. Conservaba la maquinita Gillette original, regulable, filosa, amenazante. Como en una ceremonia religiosa, primero entalcaba su cara para absorber la traspiración, luego pacientemente y en círculos distribuía la crema de afeitar Palmolive con gusto a menta. Primero el lado izquierdo, luego el lado derecho, por último la barbilla deslizando hasta donde encontrara barba. A pelo y a contrapelo, lograba una suavidad propia de la piel de un bebé.
El baño era meticuloso, obsesivo, casi desinfectante: empezaba por la cabeza, primero un shampoo normal, luego un anticaspa y por último, el que combate los piojos; el enjuague final era con agua tibia. A continuación, pasaba al cuerpo, empezando por el cuello con jabón de lavar blanco, seguía luego el brazo izquierdo, de arriba hacia abajo pero sin incluir la mano. Brazo derecho, sin incluir la mano, torso, partes íntimas, pierna izquierda, sin incluir el pie, pierna derecha sin incluir el pie y terminado el frente. Para su “atrás” recurría a una esponja con mango prefabricado que le facilitaba la acción. Como siempre, el segundo paso era con el jabón de tocador, orejas manos y pies eran las víctimas de tamaña obsesión.
Como siempre, su madre le decía: “Antonio, ya estás listo para entrar al quirófano, no debe haber quedado ni un bichito”. Terminaba de secarse camino a su pieza y frente al espejo del ropero se ponía la camisa mejor planchada, la corbata que hiciera juego y el traje azul como casi siempre. Antes de salir, repasaba su figura, su peinado, su aspecto, como casi siempre, no le gustaba el Antonio que veía.
Resignado, salía a enfrentar el día laboral, antes de llegar a la parada del colectivo, como siempre, pasaba por la agencia de lotería a jugar el número de siempre.
El colectivo lo depositaba en la cabecera del subte que, paradójicamente no era la de siempre, la extensión de la línea “A”, había alterado un poco su rutina. Como siempre, bajaba en Plaza de Mayo, caminaba unos metros y ya estaba en su segunda casa: el Banco Nación, donde trabajaba desde hacía tres décadas. Se dirigía al vestuario y sacaba de su armario el horrible traje gris de siempre, arratonado, arrugado, inexpresivo, que vestía su cuerpo con una perseverancia insultante, humillante. Luego se acomodaba el cartelito que lo identificaba: ANTONIO GONZALEZ ASCENSORISTA. Listo para asumir su responsabilidad, se dirigía al hall central para comandar el Ascensor número uno, el más grande, el más importante. Siete horas cada día, subiendo y bajando, transportando gente que, amable pero indiferente, lo saludaba con un respeto prefabricado, automático. O con una pregunta que obviaba la respuesta, ¿todo bien?, nunca llegaba a contestar, últimamente ni siquiera lo intentaba. Oídos atentos, pero boca cerrada era su máxima laboral, nada de lo que escuchaba salía de ese habitáculo, ni siquiera para contarle a su madre, que trataba de seducirlo con algún mate, para que alguna anécdota la alegrara un poco la tarde.
Sólo unos minutos por la mañana, y unos minutos por la tarde parecían despertarlo del letargo, del tedio, del cansancio. Cuando veía a Martha, su rostro cambiaba, su cuerpo recuperaba juventud, sus ojos brillaban. El encuentro de la mañana generaba la ilusión necesaria, para aguantar seis horas y cincuenta minutos para volver a cruzar sus miradas. Era sólo eso, unos instantes, luego los dos bajaban la vista. El saludo no era personal, se perdía entre los otros ocupantes, entre las otras rutinas… sólo una mirada.
Como siempre, volvía a su casa pensando en todo lo que hubiera querido decirle a Martha; como siempre, se consolaba: tal vez mañana…
Su día de semana, terminaba en casa completando un diario personal, que lo acompañaba desde mucho tiempo atrás.
Esta era la rutina de cinco días de Antonio. Como siempre, los sábados visitaba a su hermano, el preferido de sus padres. Vivía con su mujer y dos hijos. Deshonesto, alcohólico y golpeador, fue el orgullo de su padre, que murió recalcando su éxito económico, y, por supuesto, refregándole a Antonio su miserable vida de ascensorista. Sus hijos eran una pesadilla y su mujer, un alma en pena que, en cada abrazo de despedida, suplicaba por su muerte.
Como siempre, volvía de la visita apenado, enojado, confundido y hablando con su padre: “ahí lo tenés a tu hijo, el exitoso, un terrible hijo de puta, pero eso sí, con plata”.
Como siempre, el sábado a la noche salía a comprar una pizza grande: mitad “muzza”, mitad de anchoas, (a la madre no le preocupaba su presión). Si la tele se liberaba temprano, veía alguna serie o una película; si no era posible, la radio era fiel compañera: rock nacional o fútbol lo acompañaban hasta la hora en que se encerraba en su habitación. Allí, le dedicaba unas cuantas horas a su diario, releía, corregía, agregaba comentarios. En realidad, era un manual de instrucciones, más precisamente, instrucciones para ser feliz, para cuando él se decidiera a serlo, o —más modestamente dicho— a intentarlo.
La protagonista casi exclusiva era Martha. Como siempre desde que la conoció, hace cinco años, imaginaba el momento en que le hablaría, lo ensayaba, lo actuaba, lo corregía y lo volvía a intentar.
Como cada día de cada semana, de cada mes de todos estos años, no se animaba, pero tenía esperanza; a su modo de ver, había avanzado mucho. En los últimos días, las miradas cruzadas se sostenían unos segundos más, eran miradas tímidas, fugaces, pero sin embargo, como algunas veces, sólo como algunas veces, se sentía optimista. Tal vez lo animaban las conversaciones que recordaba palabra por palabra: Martha les contaba a sus compañeras, que se había aburrido mucho en el “finde”, que se lo pasó viendo televisión, y hasta le parecía que se lo decía a él. Antonio trataba de recrear el momento lo más objetivamente posible, no quería generarse falsas expectativas. Por lo menos lograba irse a dormir con una sonrisa, pensando en su amada.
El domingo, como siempre, Antonio llevaba a su madre al cementerio. La recorrida tardaba un par de horas, pero no quedaba familiar sin visitar, por más remoto que fuera. Como siempre, llegaban a tiempo para comer los ravioles amasados la noche anterior, el tuco explosivo pero sabroso, era la especialidad de su madre. Dependiendo del tiempo, el domingo podía continuar con una siesta, o con la ida a alguna cancha cercana a disfrutar del fútbol en forma neutral.
Casi nunca sentía la nostalgia del domingo por la tarde. Como siempre, esperaba el lunes ansioso, esperanzado; con sólo pensar en Martha, el tedio se convertía en ilusión. Estaba convencido de que mañana sería el día.
Aquel día, como muy pocas veces, salió de la agencia con una ancha sonrisa. Como casi nunca se volvió a su casa, retiró de la cómoda de su pieza el billete de lotería que había comprado la semana pasada y el ticket correspondiente.
Como muy pocas veces, el trayecto hacia el trabajo fue muy ameno, su rostro parecía más distendido, parecía hablarse, darse ánimo, estimularse. La sensación fue en aumento, cuando subió al subte, era otro Antonio. Cuando ingresó al vestuario, como nunca, se sentía feliz, si hasta el traje gris de mierda parecía un “DIOR”. Como nunca, encaró para el ascensor con una confianza tan grande, que sólo podría compararse con la de un goleador que sabe que va a definir la final del mundo.
Como casi nunca, saludó a cada uno de sus pasajeros, con simpatía y una sonrisa que le mejoraba mucho el rostro. Como nunca antes, sentía que ese era el día. La llegada de Martha era inminente, se arregló la corbata por enésima vez y abrió la puerta del ascensor, sabiendo religiosamente que ella subiría en este viaje. Estaba hermosa como siempre, la buscó afanosamente con la vista y cuando sus ojos se encontraron, sonrió, y ella sonrió, y fue mágico, porque él siguió riendo y ella siguió riendo, sabiendo los dos que el gran día había llegado. Como siempre, el ascensor estaba atestado de gente, intentó de todas maneras no perder la conexión visual. Con la mirada, con gestos, trató de decirle: “después te busco y hablamos”. “Hoy estoy decidido a hablarte, a contarte, a proponerte”, pensaba. Nervioso, excitado, apenas pudo calmarse cuando vio a Martha en el salón de su piso, que lo saludaba agitando su mano. Era el día esperado, como siempre lo había soñado.
Como nunca, en su hora de almuerzo salió del banco, tomó el subte “A”, como volviendo a casa, y bajó en la estación Sáenz Peña. Se dirigió a la calle Santiago del Estero y en el 126 ingresó, como nunca antes lo había hecho, en la Lotería Nacional. Salió en quince minutos con un cheque sustancioso, era el pago de su billete premiado; después de seguirlo desde siempre, por fin la suerte se había acordado de él. Pero era más que eso, como nunca, se sentía afortunado, algunas veces la suerte da ese empujoncito que algunos necesitan para dar un giro, para intentar otro camino, para seguir su deseo. En este caso, el camino se llamaba Martha. Ansioso, acalorado, nervioso, sólo pensaba en volver al banco, en buscarla, en encontrarla, en invitarla, en confesarse. Tan absorto estaba, que cruzó la calle como sin recordar siquiera que existen los semáforos. La ambulancia que lo atropelló, fue la misma que intentó salvarlo… no fue posible. Desparramados por el suelo, el diario de instrucciones y el cheque eran testigos de un gran sin sentido.
Mientras, el cartel luminoso de la joyería, seguramente en corto circuito, se prendía y apagaba dejando leer a intervalos “TU TIEMPO ES HOY. VIVILO”.
La sequía
Martha Surribas
Hacía muchos años que no se presentaba un verano tan abrasador. Las lluvias tan imprescindibles y ansiadas no llegaban. La situación tenía a toda la comarca preocupada porque los sembradíos ya no podían soportar más tamaña sequía.
La vida en la región dependía de los resultados de la cosecha. La venta del grano era el motor que ponía en funcionamiento la frágil economía del lugar. Por esos días, era moneda corriente despertarse al alba y observar las nubes.
—¿Lloverá hoy? —se preguntaban, a la vez que elevaban una plegaria silenciosa.
Como si esto no fuera suficiente fatalidad, comenzaron a ocurrir extraños eventos. Extraños para un pequeño pueblo donde todos se conocían, donde se mantenía el status quo, por lo tanto eran impensables sucesos extraordinarios.
Todo comenzó una noche, cuando Don Eusebio escuchó un ruido intenso y desconocido en el gallinero. Encendió la tenue luz del patio y salió con la linterna. “Debe ser una comadreja”, pensó. Corrió hasta llegar a los nidos, alumbró y solo encontró a las gallinas alborotadas. Observó bien por los alrededores sin notar nada raro.
En las noches siguientes, esos profundos ruidos se replicaron en diferentes casas, con el agregado de una figura oscura y desconocida merodeando por los fondos. Siempre por las noches. Hasta en el campo, los puesteros comenzaron a describir un singular animal, moviéndose entre el ganado. Decían que además despedía un hedor muy fuerte. Era evidente que el calor y la seca habían perturbado los ánimos.
La gente se quedaba hasta muy tarde en los patios, esperando aunque más no fuera, una mínima brisa que los refrescara. Allí, luego del crepúsculo, las familias reunidas comenzaron a relatar historias entremezcladas con misterios del pasado. Los recientes eventos fueron condimentados por el miedo, la incertidumbre y la imaginación de muchos.
Los más leídos del lugar, se reían con sorna de las habladurías. Se jactaban de ser demasiado inteligentes para creer en animales fantásticos. Hasta que una madrugada, Doña Josefina, la directora de la escuelita rural, se llevó tal susto, que hasta tartamuda quedó.
Según le contó al Doctor Fuentes, como no podía dormir por el calor, salió al patio en la oscuridad para tomar fresco. Sólo la luna iluminaba su extenso parque. Fue entonces cuando la vio. Entre las vides caminaba la extraña criatura: tenía dos patas largas y fuertes de avestruz, del cuerpo plumoso del ave salían dos brazos terminados en pinzas, su cuello era largo y no alcanzaba a ver bien su cabeza. De repente, la criatura giró y la miró fijamente. Era una horrible cabeza humana, pero en lugar de boca había un hocico con dos enormes colmillos asomando. Sus diabólicos ojos se inyectaron de sangre al verse descubierta. Un escalofriante sonido gutural retumbó en las tinieblas, mientras se escapaba. La horrorizada mujer se encerró en su casa hasta el mediodía, recién entonces pudo llamar a su vecino para que la ayude. Este, al verla tan desbordada y sin poder armar una frase, la llevó al hospital. Se desparramó la noticia como reguero de pólvora .
Seguía sin llover, pero ya habían dejado de hablar de la sequía. Todos comenzaron la búsqueda de la preocupante criatura. Los hombres se organizaron para rastrillar primero las casas, luego los galpones para a continuación seguir por los campos. Dos días habían pasado desde su aparición y no había novedades. Tampoco Doña Josefina aún no se reponía del susto.
Al tercer día, la sirena de los bomberos los despertó a las seis de la mañana. Un incendio se había desatado al borde de la ruta, en la rotonda. Con los campos tan secos, el riesgo de que se propaguen las llamas era altísimo. Los bomberos trabajaron todo el día sin parar, mientras desde el pueblo ayudaban como podían.
El campo de Medina era el más afectado, las enormes lenguas de fuego devoraban los secos pastizales del bajo. Dos equipos trabajaban intensamente; sin embargo, como la humareda era infernal, varios tuvieron que ser asistidos. Al llegar al claro, la vieron. Pasmados, no daban crédito a sus ojos. No podía ser otra cosa más que la criatura; estaba allí echada y parecía dormida. El humo no los dejaba respirar ni ver. Comenzaron a toser, sus ojos lloraban ante la picazón y el ardor. Al mismo tiempo, sus equipos se quedaron sin agua y fueron a reponer al camión.
Exaltados, contaron lo que vieron a sus compañeros. Inmediatamente se escuchó ese sonido, intenso y escalofriante en medio de las llamas. Luego un estruendo, más tarde un trueno, y otro y otro. De pronto, el cielo se encapotó oscureciendo la tarde y gruesas gotas comenzaron a caer. Los presentes se miraban a la vez asombrados y felices. En seguida llegó la tan ansiada lluvia. Una lluvia torrencial que no permitía ver. Todos empapados se abrazaron de felicidad. Del fuego sólo quedaron las cenizas y los esqueletos oscuros de arbustos y árboles.
En el pueblo, la gente salió a la calle a chapotear en los charcos, saltaban en una danza desenfrenada. Algunos reían, otros lloraban de emoción. La tierra bebía con desesperación el agua tan esperada. La cosecha se salvaría. La esperanza volvió a cada casa.
De la criatura… no se supo nada más. Cuando paró de llover, fueron a buscarla pero no encontraron nada. Por mucho tiempo se habló del ser misterioso. Pasaron los años y en las reuniones los mayores recordaban la gran sequía. Aquella, en la que una extraña criatura aparecía por las noches, emitiendo su agónico sonido implorando agua. La misma, al ser abrasada por las llamas, bramó tan fuerte de dolor, que hasta el cielo se estremeció y por piedad dejó caer la lluvia.
Desde esos días, en la comarca, cuando pasa mucho tiempo sin llover, algunos temen salir por las noches…
Todos los relatos están sujetos a derechos de autor.



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