Mis escritos
La lectura y yo
Llego a la parada del colectivo y abro el libro o el e-book donde lo dejé la última vez para continuar la lectura. Sea en la parada, dentro del colectivo o del subte, de pie o sentada, esperando en la cola del banco o donde sea, no pierdo oportunidad para seguir navegando por esos mundos que nos proveen las historias.
Leo desde muy chica. Amé leer palabra a palabra y descubrir las frases y los significados que estas dejaban en mi mente desde que aprendí a leer. Tuve la suerte de estar rodeada de libros, tanto en mi casa como en la de mis familiares. Recuerdo disfrutar con la investigación de los viejos libros que poseían mis abuelos en su casa de Floresta. No había visita que no pasara por allí, aunque sea simplemente para observar sus tapas y hojearlos un poco. De a poco, fui conociendo los diferentes géneros, por lo que me reí, lloré, intrigué y asusté con muchos libros. Incluso fue un libro el que me adentró en el mundo de internet. Un día, cayó en mis manos una novela sobre un asesino que conocía a sus víctimas en salas de chat por internet. Después de leer ese libro, y lejos de asustarme con los peligros que supuestamente conllevaba internet, no dejé de molestar a mi hermano para que convenciera a mis viejos de que era necesario tener conexión a internet. Finalmente lo logré. Este hecho significó el acceso a muchísimas obras que quizá nunca hubiera leído. Pero no solo me sirvió para leer por placer, sino que también me fue muy útil para conseguir las toneladas de bibliografía que tenía que leer para la facultad.
Hoy las posibilidades de lectura se multiplicaron: podés leer a través de la computadora, la tablet, el celular o un e-book, y a pesar de que las aprovecho todo lo que puedo, especialmente para leer en el transporte público, ninguno reemplaza el placer de leer un libro de papel. El amor por ese ritual, que no solo significa leer palabras, sino que incluye el aroma del papel, el tacto de las hojas... eso es único e irreemplazable.
Travesía literaria
Ir navegando a través de las letras, surcando las páginas, mientras nos vamos adentrando poco a poco en la historia hasta llegar a destino: el final del libro.
El Hilo Azul en acción
Ella sobre las ancas de una yegua joven. El niño, dueño de la yegua, caminando a un lado de ellas. Grandes árboles por todos lados. La cabellera rubia de un primo hace rato alejado. Ella arrodillada
sobre el borde de la pileta llena de renacuajos y agua podrida. Su madre gritándole que se aleje o se caería. Ella cayendo en el agua inmunda y pestilente. Ella con los ojos y la boca intensamente cerrados para que nada de ese entorno nauseabundo entrara. Ella en la cama mirando por la ventana el cielo aún iluminado por el sol… Ella, rodeada por las piernas de su padre, jugando a la nave espacial. Caramelos, corridas, primos, risas, protestas del abuelo. Barro en el cordón. Pasto en el plato de madera. Búsqueda del tesoro de huevos de pascua. Su abuela y sus panes con manteca y azúcar. Felicidad. Exploración. Diversión. Las escaleras de mármol de la casa de sus nonnos. Montañas. Vacaciones en familia. Primos por todos lados. Bicicletas, motos, caballos y burros. Su madre abriendo la canilla de la ducha y ella (muy pequeña) observando con terror que está a punto de meterla debajo. Ella despertando sobre uno de sus hermanos en el asiento trasero del auto, babeándolo. Ella sobre las valijas en el baúl del auto escuchando música en su walkman. Parques, quintas, árboles, gatitos asesinados por un perro malvado. Ella sobre el regazo de su padre aprendiendo a manejar un auto. Escuela. Ella subiendo las escaleras de la facultad mientras mira los grandes carteles políticos por doquier. Pánico ante un examen oral. Pérdida irreversible. Dolor intenso. Insomnio. Lágrimas… Más lágrimas. Su alma destrozada en el piso. Nuevo comienzo. Remiendo de su alma. Nostalgia. Opresión en el pecho por lo que se fue y ya no volverá. Negro.
Mal de amores
Caminaba por un angosto sendero rodeado de árboles sin hojas, mientras los rayos de sol que se colaban entre las ramas de esos hermosos gigantes de madera le calentaban el rostro. Era un paisaje precioso pero ella se sentía desolada y no podía llenar el vacío que sentía dentro de su pecho… le faltaba él…
Secreto
Nada importaba, solo disfrutar del baile y ser feliz con la música vibrando en su pecho. Entonces sucedió… fue un tenso instante en el que el tiempo se detuvo cuando vio esos ojos penetrantes. Unos ojos que la miraban fijamente desde el rincón, como si solo ellos estuvieran allí. En ese momento pudo sentir cómo su mundo se agrietaba… ya no volvería a ser libre jamás… él lo sabía.
Tormenta
De pronto, se escuchó una fuerte explosión proveniente del mar que hizo que ambos saltaran en sus asientos. Inmediatamente, un copioso manto de agua que bajaba de la corteza de hierro que cubría todo sobre sus cabezas comenzó a azotar la playa.
¿Qué pasaría?
¿Qué pasaría si finalmente diéramos el salto?
¿Qué pasaría si dejáramos atrás el miedo
y decidiéramos concretar nuestros sueños?
¿Qué pasaría si nos dejáramos llevar
y le dijéramos sí a eso que tanto anhelamos?
¿Qué pasaría si no pensáramos tanto
y nos entregáramos al amor sin barreras?
¿Qué pasaría si simplemente permitiéramos
que la lluvia nos moje los cabellos?
¿Qué pasaría si un día solo nos quedáramos
mirando las olas romper en la orilla del mar?...
Que en ese momento empezaríamos a vivir de verdad.
Déjà Vu
Abrió los ojos. Solo podía ver un techo muy bajo de losa y cuatro paredes deprimentes que lo acosaban de cerca, quitándole la respiración.
Intentó entender qué estaba sucediendo, pero solo tenía una certeza: ya había vivido ese momento. Quizá solo fuera un sueño recurrente, como esos que aparecen cada tanto para ser luego desterrados de la conciencia.
De pronto, un rasguño en la madera, como si algo estuviera royendo una superficie, le hizo saber, nuevamente, por qué reprimía esa realidad y volvía al mundo onírico cada vez, como un pertinaz déjà vu.
Amores efímeros
Caminaban con esa distracción habitual que las personas arrastran en su ir y venir cotidiano. Se ven. Ella se hunde automáticamente en el pantano de sus ojos color musgo; él, en el brillo de su sonrisa. En sus miradas todo estaba dicho.
Contemplándose fijamente, continuaron avanzando como navegantes a la deriva. De súbito, un celular sonó y él atendió, corriendo la mirada. Ella recordó que llegaba tarde y cruzó la calle rápidamente, con la certeza de la fugacidad de ese hechizo de amor…
Instante
La puerta se abrió y te vi. Las lágrimas luchaban por escaparse y desbordar el cauce de esos ojos titilantes por la pena y que reflejaban tu interior como si fueran transparentes.
Fue solo un segundo… un pequeño instante fue suficiente para que esos ojitos de cristal me atravesaran de lado a lado sin piedad. Enseguida supe que no había vuelta atrás… Decidí rendirme y dejar que mi alma se cobijara en ti. A partir de ese momento ya no supe qué es la soledad.
Ave fénix
¿Cómo podía reciclarme otra vez?… Demasiadas veces sufrí, y con cada dolor un pedacito de mi interior pareció morir. Había quedado tan opaca por la pérdida de luz que ya no quería seguir. La opresión en el pecho era arrasadora… Como una ola gigante que te golpea con su descomunal fuerza y te arroja contra la arena mojada, cada recuerdo de su pérdida me asaltaba en cualquier momento y lugar.
Luego, poco a poco, como un pequeño niño que comienza a dar sus primeros pasos, fui aprendiendo a seguir mi camino sin ese retazo de mi alma que se había ido. Aprendí a respirar una vez más... a convivir con la pena y a reciclarla.
Ahora, tiempo después, el ave fénix en mí resurgió de sus cenizas y otra vez puedo sonreír. Pero sonreír de verdad, con los ojos y el corazón. Nuevamente, la resiliencia ganó la batalla y puedo decir que soy una versión mejorada. Amiga de mí misma y del mundo... de lo que me tocó ser y hacer. Y estoy feliz porque sé que es lo mejor para mí y para aquellos que se cruzan conmigo en su camino de la vida.
Melodías
Cuando una melodía llega a lugares dentro de mi alma que no sabía que existían siquiera, arrancándome las lágrimas...
La felicidad
La felicidad es ser amado por lo que sos…
es sentir el roce de una mano sobre tu piel…
es un abrazo en el momento justo…
es arrancarle una sonrisa a un niño…
es reír toda la tarde con un amigo…
es sentir los rayos del sol en tu rostro y su calor en tu corazón…
es sentir el aroma del mar…
es caminar de la mano de la persona que amas…
es oír el sonido de la lluvia al caer…
es saber amar sin ataduras…
es ayudar a alguien sin recibir nada a cambio…
es percibir el aroma de una flor…
es saborear un chocolate…
es ver el amor en la mirada de alguien cuando te observa…
La Felicidad es VIVIR. No dejes de vivir.
Canción
ÉL
El cielo lloraba sobre la ciudad cuando te conocí
Y tus ojos brillaban grises en medio de tu rostro cuando te vi.
Ellos se adentraron muy dentro de mí,
desnudando completamente mi alma y dejándome así:
sin poder resistirme ya a ti.
Desde ese momento decidí que eras para mí
Y que nunca más te dejaría ir…
No importa cuánto cueste conquistarte
No importa cuánto tarde en alcanzarte
Nunca bajaré los brazos y tras de ti siempre estaré.
Por ti siempre viviré.
ELLA
Mi corazón se detuvo al verte entrar…
no podía creer que finalmente íbamos a hablar.
El musgo de tus ojos bailoteó alegre al mirar
cómo mi amor no se dejaba disimular.
AMBOS
No importa cuánto cueste conquistarte
No importa cuánto tarde en alcanzarte
Nunca bajaré los brazos y tras de ti siempre estaré.
Por ti siempre viviré.
ÉL
Tus cabellos mojados por la lluvia caían despeinados
mientras tu amplia sonrisa iluminaba todo tu rostro.
En ese momento mi corazón reconoció
que sin ti no podría ya latir.
AMBOS
No importa cuánto cueste conquistarte
No importa cuánto tarde en alcanzarte
Nunca bajaré los brazos y tras de ti siempre estaré.
Por ti siempre viviré.
Siempre te amaré… siempre te amaré…
Ella
Cuando solo era un niño, siempre iba con su madre y su hermana a la playa para armar castillos en la arena, remontar algún barrilete o correr por la orilla con las olas persiguiéndolo. Ahora, ya todo un adulto, se encontraba en la misma playa, sobre la misma arena y con las mismas olas deseosas de
alcanzar sus pies para empaparlos y llenarlos de sal.
Los recuerdos llegaban uno tras otro a su mente, sin detenerse ni un minuto y embargando su corazón de pena. Súbitamente, comenzó a costarle respirar y la opresión en el pecho era tan pesada que pensó que podría ser aplastado por ella. ¿Y si caminaba mar adentro y se dejaba llevar? Definitivamente sería mucho más fácil que enfrentarse a lo que le sucedía…
De pronto, la vio. Le pareció un ángel que deambulaba dentro de la brisa marina. Un ser etéreo que no pertenecía a este mundo. Caminaba despacio, descalza y con el pantalón remangado, mientras el mar hundía sus pies entre sus fauces…
Nunca había sentido tanta desolación. ¿Qué haría ahora? Mientras miraba consumirse el cigarrillo en su mano como una autómata, Mabel, una exitosa abogada ambientalista —o así lo era hasta ese día—, trataba de dilucidar los pasos que debía dar a
continuación.
Tras su despido por descubrir los manejos que el estudio para el que trabajaba llevaba a cabo con varias empresas, se había pasado el día envuelta en su bata estrellada, ahogándose en alcohol y tabaco. Ahora, parada en su deprimente balcón (jamás tenía tiempo para embellecer su casa), investigaba con su celular todo lo referente a cada una de las empresas implicadas y sus jefes. Cuanto más escarbaba en la red, más aversión sentía por esos ricachones que se creían que podían contaminar descarada e impunemente ríos y suelos solo para hacerse aún más ricos. ¡Ella no lo iba a permitir! No pararía hasta que terminaran en prisión y escrachados públicamente. ¡Los acabaría! ¿Echarla a ella? Ya verían de lo que era capaz.

Su voz retumbaba contra las paredes a su alrededor mientras atravesaba el aire con rapidez y el infinito vacío en su interior anegaba todos sus sentidos…
Poco antes, huía con precipitación entre matorrales, piedras y árboles, cuyas ramas fustigaban su rostro. Su pecho subía y bajaba, acuciante, y su cabeza giraba sin parar. Sabía que estaba allí, podía sentirlo. De repente, tropezó con una roca y se derrumbó con pesadez sobre las malezas. Un dolor, protervo e impiadoso, bailó por todo su cuerpo. Quiso levantarse pero sus piernas estaban como atornilladas al piso; sus ojos, presurosos, iban y venían de un lado a otro…
Corría otra vez, su respiración palpitaba en sus oídos y su mirada escaneaba con avidez su entorno. El paisaje ahora era menos tupido; se hacía más abierto y árido a medida que avanzaba. De golpe, el camino terminó. ¿Cómo no advertirlo? Logró detenerse justo al borde del abismo, pero el envión pudo más y perdió el equilibrio. El eco de su voz azotando las paredes… el hueco en el estómago… las álgidas aguas más y más próximas...
"Celina. ¡Celina!"... Abrió los ojos.
Los pensamientos circulan por la mente unidos por un hilo azul que sirve de conexión entre uno y otro. Conexión que en ocasiones es difícil de descifrar pero que existe.
Ese hilo no siempre elige el mismo camino, sino que cada vez lleva a sus pensamientos por diferentes rutas, por donde se encuentran con otros y la red se expande más y más.
El hilo azul hace de las suyas, puesto que en ocasiones no hace caso a las indicaciones de su líder y continúa por un sendero que este no quiere atravesar. El hilo se estira, se tensa y quizá esconda alguna parte detrás de una pesada puerta; sin embargo, nunca se rompe (sí, similar al hilo rojo de la leyenda japonesa). Nunca pierde un recuerdo, no importa cuánto intente su líder borrarlo.
El hilo azul forma un laberinto que atraviesa a su líder. Si se lo mirara de lejos, casi parecería una constelación. Hay días en que está muy travieso y se inmiscuye en asuntos que el líder no quiere. No importa cuánto este lo regañe, siempre se mantiene activo, circulando a toda velocidad, yendo por donde quiere sin importar las consecuencias. Y, claro, siempre incorporando incansablemente nuevos recuerdos a su cadena.
Hado
Micaela manipulaba el delicado dispositivo, mientras dejaba brotar de su mente los sucesos vividos en los últimos días. No lograba soltar, dejar las cosas libres y fluir con la energía del Universo. Movía sus manos con nerviosismo y el pequeño aparato giraba entre sus dedos a una velocidad alarmante.
“¡Serénate de una vez!”, se dijo súbitamente.
De pronto sucedió… En el momento en que, milagrosamente, el mecanismo exhibía la luz verde tan anhelada, este se desprendía de sus temblorosas manos y se precipitaba hacia el suelo... Supo que todo había acabado.
Búsqueda
Camino despacio. Me detengo y observo. Giro en redondo sin reconocer lo que me rodea. Las personas, extrañas para mí, pasan por mi lado incesantemente. Yo solo observo. Observo como si buscara algo, aunque no sé qué.
Una suave brisa mueve mis cabellos y acaricia mi piel. Las copas de los árboles bailan al compás y susurran melodiosamente al aire. Alguna parte de mí parece entender y sonríe.
Sigo observando los colores aparentemente más vivos; la gente ir y venir, cada uno en su pequeño mundo individual... Percibo también los sonidos, aunque lejanos, como si yo estuviera en otra dimensión y viera todo desde otro plano.
Busco. Busco algo. Busco a alguien. Me busco a mí...
Revelación
Un día cualquiera, a la vuelta del trabajo, cansado y hambriento, sucedió. Mientras miraba las vías del subte, casi sofocadas por las plomizas piedras, tuve la revelación.
Fue como si de pronto una briosa y enceguecedora luz ardiera frente a mí mientras me revelaba su verdad. La Verdad que estaba buscando incansablemente noche a noche en mis sueños y desvelos.
Hermes
No sé cuándo perdí el conocimiento. Ahora estoy nuevamente de pie en la misma calle, mientras un grupo de personas se agolpa a un costado de mí. No me dejan ver lo que está pasando, pero todos se muestran muy alterados. Le pregunto a uno de ellos qué sucede, sin embargo, este ni siquiera parece advertir que le estoy hablando. De repente, alguien se mueve y puedo ver que lo que todos están observando es a un hombre tirado en la vereda con la ropa colmada de sangre, que fue emanando de varios orificios en el pecho y el estómago. Miro su rostro y algo dentro de mí se retuerce.
Llegan una ambulancia y la policía. Algunas personas empiezan a explicar atropelladamente lo sucedido a los agentes; otras simplemente se marchan… Yo los miró con desazón. ¿En qué momento perdí mi camino?... Y me dejo llevar.
Ferrán
Las paredes del lugar son tan altas que un peatón desprevenido temería que se le caiga encima. El gris oscuro que las baña de punta a punta y las gruesas rejas en las pocas ventanas que se encuentran en ese océano de cemento emanan opresión por todos sus poros.
Del otro lado de estos muros, un grupo de personas vestidas con ambos caminan como ausentes por el pequeño patio que posee el lugar. Solo unos pocos juegan infantilmente a tirarse una diminuta pelota.
Ferrán siempre se encuentra solo. No le gusta relacionarse con los demás. Se siente diferente a ellos; está seguro de que lo es. Mira a su alrededor y luego hacia arriba. “Muy difícil”. Vuelve a concentrarse en el objeto que está tallando en el trozo de madera que le dieron en el taller de manualidades. Ilusos. Sonríe. De pronto, uno de los grandotes hace sonar su silbato y comienza a arrearlos a todos dentro del edificio. Él maldice internamente. Es un día muy agradable y piensa mejor al aire libre, con el cerebro oxigenado. Necesita pensar…
Ferrán no puede recordar cómo llegó allí y eso le provoca mucho malestar, ya que a él le gusta entender y conocer todo lo que sucede a su alrededor. Por tal motivo, ese bache en su memoria es una tortura diaria que se propuso erradicar. Mientras tanto, debía planificar.
A unos metros de distancia, dos hombres comienzan a pelearse, quién sabe por qué motivo. Siempre encuentran razones para pelear; parecería que así sobrellevan mejor el tiempo recluidos en ese lugar. Otros, por su parte, hacen muecas, simulan llorar y agarran a uno de los grandotes para abrazarlo; todo al mismo tiempo. Estos los miran con desprecio, aunque los dejan hacer.
Al principio, no dejaba de clamar y hostigar a todos para que lo dejaran en libertad, asegurando que habían cometido un error y que él no debería estar allí. Sin embargo, ninguno le hacía caso; al contrario, cuanto más reclamaba, peores eran las consecuencias: drogas, reclusión o castigos.
Un día, mientras observa una más de estas peleas, se le ocurre una idea. No es muy original, pero podría funcionar… Pasa los días subsiguientes pensando en cada uno de los detalles que es necesario tener en cuenta.
Finalmente, decide ir a la acción. Se trata de la jornada ideal, puesto que grandes camiones hacen acto de presencia, cargando todas las provisiones necesarias para la vida allí. Por eso, la mayor parte del personal está atento a otras cuestiones y solo unos pocos grandotes se quedan vigilando a los recluidos. Así que Ferrán, aprovechando esta circunstancia particular, provoca una riña entre dos de los más conflictivos, quienes no tardan en agarrarse a los golpes. Para su sorpresa, no son los únicos que se prenden en la pelea, lo que ocasiona un gran revuelo en el salón. Sin dudarlo un momento, sale disparado hacia la zona que ya sabe que va a estar menos vigilada. Esto no sin antes esconder entre su ropa el seudopuñal que talló en madera. Así, con la cabeza ladeada, una mueca grotesca, los hombros hacia arriba y las manos crispadas a la altura del pecho, avanzó decidido hacia su objetivo, con la mirada atenta a uno y otro lado. Como había sospechado, le prestan menos atención actuando de esta manera que cuando camina derecho y con determinación. Transita sin obstáculos la mayor parte del trayecto deseado hasta que de súbito suena. Se detuvo en seco, duro y sin comprender a qué se debía esa sirena. Tras unos instantes, decide continuar su camino, pero ahora más rápido y dejando a un lado la actuación. La alarma de emergencia continúa taladrando sus oídos, no obstante, a él no le importa y corre, corre al límite de sus fuerzas. Las compuertas comienzan a cerrarse. Arroja su seudopuñal hacia una de ellas para evitar que se cierre del todo, al tiempo que se lanza al suelo para patinar a partir del impulso e intentar traspasarla. A pesar de sus esfuerzos, solo logra chocarse con la puerta cerrada. El objeto no fue lo demasiado fuerte para sostenerla.
Se pone de pie pesadamente, sus ojos exhalan grandes llamaradas mientras observa enfrente de él el acero que lo separa de la libertad. Se da vuelta y lo ve. Ese condenado hombre que se la tiene jurada desde aquella vez lo acuchilla con la mirada, desafiante, junto a la entrada hacia una de las oficinas con acceso restringido. ¿Se las habrá ingeniado para forzar el sistema de seguridad? Maldito infeliz.
Una semana más tarde, Ferrán ya tiene ideado un nuevo plan. Esta vez no fallaría y, además, mataría dos pájaros de un tiro, vengándose de su enemigo.
Lo puso en práctica al día siguiente, durante la clase de manualidades. Decidido, constante, aunque sin apresurarse para evitar errores y sospechas, se dedica a la creación de una nueva artesanía en madera. Al finalizar, exhibe su obra ante el maestro del taller, quien lo premia por su excelente y meticuloso trabajo. El galardón consiste en el permiso de permanecer más tiempo del estipulado normalmente en el gimnasio, lo único “divertido” de toda la institución. Sin malgastar ni un segundo, se dirige hacia su recreación con la absoluta certeza de a quien encontrará allí. Camina acompasadamente, con una media sonrisa que le da un aire de compadrito arrogante y con las manos en los bolsillos que ocultan lo prohibido…
No tarda en alcanzar su destino, donde, como esperaba, lo ve levantando un conjunto de pesas en un rincón. Se acerca a su enemigo lentamente, comprobando que los deberían vigilar estaban en la suya y, con una sonrisa de triunfo, se detiene justo frente a él. Este se pone en pie, una torva mirada invade su rostro y clava sus ojos en el recién llegado. Sin dejar de sonreír ni mediar palabra alguna, Ferrán extrae de uno de sus bolsillos la navaja y la hunde en el estómago. Luego del arduo trabajo y en medio del agasajo, el maestro no notó que en la mesa de su alumno premiado no descansaba la aunque pequeña muy filosa navaja que había estado utilizando, y permitió que Ferrán se alejara.
Inmediatamente y sin darle tiempo al otro a reaccionar, el herido coloca la navaja en la mano de su oponente y emite un agudo y resonante alarido de dolor. Trastabilla hacia atrás con una mano sobre la zona desde la que borbotea sangre sin parar y se deja caer al suelo.
Lo próximo que sabe es que se encuentra en una ambulancia, que rápida y sonoramente, atraviesa las bulliciosas calles. Casi puede oler la libertad solapada… Se mira la herida y sonríe. Las largas horas transcurridas en la reducida biblioteca investigando sobre anatomía humana le sirvieron: la herida no es grave, se aseguró de ello. Decide actuar. Aprovecha la distracción del paramédico para comenzar a moverse. Primero despacio, mientras desconecta lo necesario, y luego rápidamente, abalanzándose hacia la puerta que lo separa del mundo. Oye un grito por detrás. El paramédico, que se había distraído charlando con sus compañeros, intenta alcanzarlo. Demasiado tarde. Ferrán es más rápido y ya se encuentra fuera del vehículo. Por un segundo, cree perder el conocimiento nuevamente, aunque sigue corriendo. No mira hacia atrás ni una sola vez. Se limita a correr desaforadamente y a interponer entre él y los otros más y más distancia. Su corazón atiza su pecho sin parar y sus músculos comienzan a agarrotarse, pero Ferrán no se detiene. Sonríe. Es libre.
Más vueltas de tuerca
Otro día en esta escuela. Días atrás, cuando pisé por primera vez estos suelos empolvecidos por el paso de tantos pies, me sentía contenta. Enseguida me puse a charlar con compañeros de clase, quienes me acogieron muy bien e inmediatamente me integraron al grupo. Por eso, cuando comenzaron con esas historias, yo me reía. Realmente no les creía. Pensaba que eran las típicas historias de fantasmas o de terror que cuentan los chicos a los nuevos para asustarlos y tomarles el pelo inocentemente. Sin embargo, pronto descubrí que, detrás del aparente desenfado de sus tonos de voz, había algo más… algo de temor. Este era apenas perceptible… por eso creo que no lo noté el primer día, no obstante, ahí estaba.
Esa sensación, o mejor dicho, esa percepción débil, pero patente, comenzó a aflorar en mí al advertir comportamientos extraños en los demás estudiantes, como esas chicas que murmuraban en un rincón del baño. Mientras una de ellas hablaba, la otra ofrecía unos ojos tan abiertos y abombados que parecían dos bolas de billar. No logré escuchar bien lo que decían, solo pude rescatar las palabras “inodoro” y “movimiento”. ¿Se le movió el inodoro al ir a orinar? Supongo que esa hipótesis es demasiado descabellada. ¿Cómo podría moverse el inodoro? ¿Y el agua adónde iría a parar? No, no es posible... Sí estoy segura de que algo raro sucede en esta escuela. Hasta los maestros actúan de forma extraña.
No termina de cruzar ese pensamiento por mi mente cuando lo siento. Fue como una especie de gruñido, solo que proveniente de las paredes, acompañado de un leve temblor de los cimientos. Yo estoy en el medio del pasillo, aún no había llegado a mi aula ni había visto a ninguno de mis amigos. ¡¿Qué-ra-yos-fue-eso!? Paralizada, sin atreverme a mover un solo músculo y casi sin respirar, espero. No sé qué; tal vez que se vuelva a producir ese escalofriante sonido. Poco a poco, voy recuperando el valor. Miro para un lado y para otro. Todo el mundo aparenta tranquilidad aunque se lanzan miradas furtivas con una oculta complicidad, que demuestra que a ellos también se les había helado la sangre. Todo está igual que antes, a excepción del estremecimiento que sé nos recorre a todos por dentro. Entonces decido seguir mi camino hacia el aula. No puedo esperar a encontrarme con mis amigos; quiero verles las caras, sus expresiones... Y, ante todo, ¡quiero una explicación!
Ya estoy enfrente de la puerta del curso, que se encuentra entornada. Levanto el brazo para empujarla y terminar de abrirla, sin embargo, algo me detiene. Las piernas, aparentemente cansadas de sostener mi peso, pierden su fuerza. ¿Qué fue eso? Algo me dice que no hay nadie dentro, pero yo oigo un sonido, como un leve rasgueo, aparentemente no humano… ¿O es solo mi mente paranoica? El corazón sacude mi pecho con fiereza y estoy a punto de salir corriendo fuera de aquí. Quiero irme lejos… lejos de estos ruidos, apagones, murmullos y falsas apariencias. No obstante, me digo a mí misma que no puedo ser cobarde y que debo enfrentar los problemas que la vida me presenta. Seguramente mi cerebro me está jugando una mala pasada por todo lo que me estuvieron contando. ¡Ya me las van a pagar estos pibes! ¡Qué se creen! Sonrío y muevo la puerta hacia dentro.
Nada. No hay nadie. Estoy completamente sola. Doy unos pasos hacia el interior del aula, pasmada, cuando todo se vuelve negro. Un cosquilleo recorre de punta a punta mi espina dorsal y se eriza el cabello de mi nuca. ¡Este lugar terminará por volverme loca! Mi respiración es entrecortada, como si acabara de correr una maratón… Con el cerebro sumergido dentro de una pileta de pavor, intento rescatar alguna idea, algo… ¡no sé qué hacer! Tras unos instantes, súbitamente puedo ver con claridad. Parpadeo desconcertada. Por un segundo no sé dónde estoy, hasta que poco a poco reconstruyo en mi mente los sucesos recientes. ¡Tengo que salir de aquí! No llego a girar del todo mi cuerpo cuando escucho el terrible portazo que se produce apenas a dos metros de donde estoy. Grito del sobresalto y de terror. ¡Ya no me importa nada, me voy! ¡Me voy de esta escuela espeluznante! Corro desesperadamente, agarro el pomo de la puerta y tiro hacia abajo. Con estupor y pánico, miro el maldito objeto que se ha separado del pedazo de madera, que se suponía debía abrir, para quedarse mirándome burlonamente desde mi mano. ¡No puede ser! ¡Tengo que salir! Grito pidiendo socorro. Grito, a pesar de tener la certeza de que ya no tengo escapatoria… una vez dentro, ya nadie sale.
Apariencias
Doña Adelaida era una pequeña anciana que vivía en una pequeña casita, en una
pequeña ciudad. Caminaba por las calles dando pequeños pasitos con sus zapatos de taco ancho, moviendo el trasero de lado a lado y aferrando su cartera a la altura del busto con una mano y su bastón con la otra. Así avanzaba poquito a poquito hasta alcanzar su destino, que siempre era de su casa a la plaza, de su casa al almacén o de su casa a la carnicería. Una vez al mes, se dirigía hacia la parada del colectivo para trasladarse —decía— a visitar a su hermana, tan anciana como ella.
Todos en el barrio conocían y apreciaban a Doña Adelaida. Siempre con una sonrisa en el rostro surcado de arrugas y un pañuelo estampado envolviendo su lacio cabello gris plata (que, mechoncito a mechoncito, se las ingeniaba para escaparse de su prisión), regalaba caramelos a los niños que jugaban en la calle, tomaba mate con sus vecinos y alimentaba a los pajaritos del parque. Incluso, cuando realizaban ferias para recaudar fondos, colaboraba poniendo a la venta sus riquísimos buñuelos de manzana, que se vendían en un santiamén.
Así pasaba sus días, alegre y dando alegría.
Un día como cualquier otro, Doña Adelaida entró en su pequeña casita de ladrillos, dejó el bastón a un costado del pequeño recibidor y la cartera en el pequeño perchero. Siguió avanzando con su ondulante andar y la bolsa de la compra en la mano hasta una pequeña puerta de madera oscura. La abrió con una llave que colgaba de una cadena en su cuello y bajó la pequeña escalera que conducía a un pequeño sótano. Allí quitó el pedazo de tela que tapaba la boca y le acercó la botella de agua.
—Doña Adelaida, por favor, no volveré a hacerlo… ¡Se lo juro! —lloriqueó el hombre atado a la silla.
Todos los relatos están sujetos a derecho de autor.
Leo desde muy chica. Amé leer palabra a palabra y descubrir las frases y los significados que estas dejaban en mi mente desde que aprendí a leer. Tuve la suerte de estar rodeada de libros, tanto en mi casa como en la de mis familiares. Recuerdo disfrutar con la investigación de los viejos libros que poseían mis abuelos en su casa de Floresta. No había visita que no pasara por allí, aunque sea simplemente para observar sus tapas y hojearlos un poco. De a poco, fui conociendo los diferentes géneros, por lo que me reí, lloré, intrigué y asusté con muchos libros. Incluso fue un libro el que me adentró en el mundo de internet. Un día, cayó en mis manos una novela sobre un asesino que conocía a sus víctimas en salas de chat por internet. Después de leer ese libro, y lejos de asustarme con los peligros que supuestamente conllevaba internet, no dejé de molestar a mi hermano para que convenciera a mis viejos de que era necesario tener conexión a internet. Finalmente lo logré. Este hecho significó el acceso a muchísimas obras que quizá nunca hubiera leído. Pero no solo me sirvió para leer por placer, sino que también me fue muy útil para conseguir las toneladas de bibliografía que tenía que leer para la facultad.
Hoy las posibilidades de lectura se multiplicaron: podés leer a través de la computadora, la tablet, el celular o un e-book, y a pesar de que las aprovecho todo lo que puedo, especialmente para leer en el transporte público, ninguno reemplaza el placer de leer un libro de papel. El amor por ese ritual, que no solo significa leer palabras, sino que incluye el aroma del papel, el tacto de las hojas... eso es único e irreemplazable.
![]() |
| Uno de mis espacios preferidos para leer. |
Travesía literaria
![]() |
| Derechos de la imagen a quien corresponda |
El Hilo Azul en acción
Ella sobre las ancas de una yegua joven. El niño, dueño de la yegua, caminando a un lado de ellas. Grandes árboles por todos lados. La cabellera rubia de un primo hace rato alejado. Ella arrodillada
![]() |
| Derechos de la imagen a quien corresponda |
Mal de amores
Caminaba por un angosto sendero rodeado de árboles sin hojas, mientras los rayos de sol que se colaban entre las ramas de esos hermosos gigantes de madera le calentaban el rostro. Era un paisaje precioso pero ella se sentía desolada y no podía llenar el vacío que sentía dentro de su pecho… le faltaba él…
Secreto
Nada importaba, solo disfrutar del baile y ser feliz con la música vibrando en su pecho. Entonces sucedió… fue un tenso instante en el que el tiempo se detuvo cuando vio esos ojos penetrantes. Unos ojos que la miraban fijamente desde el rincón, como si solo ellos estuvieran allí. En ese momento pudo sentir cómo su mundo se agrietaba… ya no volvería a ser libre jamás… él lo sabía.
Tormenta
![]() |
| Derechos de la imagen a quien corresponda |
¿Qué pasaría?
¿Qué pasaría si finalmente diéramos el salto?
¿Qué pasaría si dejáramos atrás el miedo
y decidiéramos concretar nuestros sueños?
¿Qué pasaría si nos dejáramos llevar
y le dijéramos sí a eso que tanto anhelamos?
¿Qué pasaría si no pensáramos tanto
y nos entregáramos al amor sin barreras?
¿Qué pasaría si simplemente permitiéramos
que la lluvia nos moje los cabellos?
¿Qué pasaría si un día solo nos quedáramos
mirando las olas romper en la orilla del mar?...
Que en ese momento empezaríamos a vivir de verdad.
Déjà Vu
Abrió los ojos. Solo podía ver un techo muy bajo de losa y cuatro paredes deprimentes que lo acosaban de cerca, quitándole la respiración.
Intentó entender qué estaba sucediendo, pero solo tenía una certeza: ya había vivido ese momento. Quizá solo fuera un sueño recurrente, como esos que aparecen cada tanto para ser luego desterrados de la conciencia.
De pronto, un rasguño en la madera, como si algo estuviera royendo una superficie, le hizo saber, nuevamente, por qué reprimía esa realidad y volvía al mundo onírico cada vez, como un pertinaz déjà vu.
Amores efímeros
Caminaban con esa distracción habitual que las personas arrastran en su ir y venir cotidiano. Se ven. Ella se hunde automáticamente en el pantano de sus ojos color musgo; él, en el brillo de su sonrisa. En sus miradas todo estaba dicho.Contemplándose fijamente, continuaron avanzando como navegantes a la deriva. De súbito, un celular sonó y él atendió, corriendo la mirada. Ella recordó que llegaba tarde y cruzó la calle rápidamente, con la certeza de la fugacidad de ese hechizo de amor…
Instante
La puerta se abrió y te vi. Las lágrimas luchaban por escaparse y desbordar el cauce de esos ojos titilantes por la pena y que reflejaban tu interior como si fueran transparentes.
Fue solo un segundo… un pequeño instante fue suficiente para que esos ojitos de cristal me atravesaran de lado a lado sin piedad. Enseguida supe que no había vuelta atrás… Decidí rendirme y dejar que mi alma se cobijara en ti. A partir de ese momento ya no supe qué es la soledad.
Ave fénix
¿Cómo podía reciclarme otra vez?… Demasiadas veces sufrí, y con cada dolor un pedacito de mi interior pareció morir. Había quedado tan opaca por la pérdida de luz que ya no quería seguir. La opresión en el pecho era arrasadora… Como una ola gigante que te golpea con su descomunal fuerza y te arroja contra la arena mojada, cada recuerdo de su pérdida me asaltaba en cualquier momento y lugar.
Luego, poco a poco, como un pequeño niño que comienza a dar sus primeros pasos, fui aprendiendo a seguir mi camino sin ese retazo de mi alma que se había ido. Aprendí a respirar una vez más... a convivir con la pena y a reciclarla.
Ahora, tiempo después, el ave fénix en mí resurgió de sus cenizas y otra vez puedo sonreír. Pero sonreír de verdad, con los ojos y el corazón. Nuevamente, la resiliencia ganó la batalla y puedo decir que soy una versión mejorada. Amiga de mí misma y del mundo... de lo que me tocó ser y hacer. Y estoy feliz porque sé que es lo mejor para mí y para aquellos que se cruzan conmigo en su camino de la vida.
Melodías
Cuando una melodía llega a lugares dentro de mi alma que no sabía que existían siquiera, arrancándome las lágrimas...
La felicidad
La felicidad es ser amado por lo que sos…
es sentir el roce de una mano sobre tu piel…
es un abrazo en el momento justo…
es arrancarle una sonrisa a un niño…
es reír toda la tarde con un amigo…
es sentir los rayos del sol en tu rostro y su calor en tu corazón…
es sentir el aroma del mar…
es caminar de la mano de la persona que amas…
es oír el sonido de la lluvia al caer…
es saber amar sin ataduras…
es ayudar a alguien sin recibir nada a cambio…
es percibir el aroma de una flor…
es saborear un chocolate…
es ver el amor en la mirada de alguien cuando te observa…
La Felicidad es VIVIR. No dejes de vivir.
Canción
ÉL
El cielo lloraba sobre la ciudad cuando te conocí
Y tus ojos brillaban grises en medio de tu rostro cuando te vi.
Ellos se adentraron muy dentro de mí,
desnudando completamente mi alma y dejándome así:
sin poder resistirme ya a ti.
Desde ese momento decidí que eras para mí
Y que nunca más te dejaría ir…
No importa cuánto cueste conquistarte
No importa cuánto tarde en alcanzarte
Nunca bajaré los brazos y tras de ti siempre estaré.
Por ti siempre viviré.
ELLA
Mi corazón se detuvo al verte entrar…
no podía creer que finalmente íbamos a hablar.
El musgo de tus ojos bailoteó alegre al mirar
cómo mi amor no se dejaba disimular.
AMBOS
No importa cuánto cueste conquistarte
No importa cuánto tarde en alcanzarte
Nunca bajaré los brazos y tras de ti siempre estaré.
Por ti siempre viviré.
ÉL
Tus cabellos mojados por la lluvia caían despeinados
mientras tu amplia sonrisa iluminaba todo tu rostro.
En ese momento mi corazón reconoció
que sin ti no podría ya latir.
AMBOS
No importa cuánto cueste conquistarte
No importa cuánto tarde en alcanzarte
Nunca bajaré los brazos y tras de ti siempre estaré.
Por ti siempre viviré.
Siempre te amaré… siempre te amaré…
Ella
Cuando solo era un niño, siempre iba con su madre y su hermana a la playa para armar castillos en la arena, remontar algún barrilete o correr por la orilla con las olas persiguiéndolo. Ahora, ya todo un adulto, se encontraba en la misma playa, sobre la misma arena y con las mismas olas deseosas de
![]() |
| Derechos de la imagen a quien corresponda. |
Los recuerdos llegaban uno tras otro a su mente, sin detenerse ni un minuto y embargando su corazón de pena. Súbitamente, comenzó a costarle respirar y la opresión en el pecho era tan pesada que pensó que podría ser aplastado por ella. ¿Y si caminaba mar adentro y se dejaba llevar? Definitivamente sería mucho más fácil que enfrentarse a lo que le sucedía…
De pronto, la vio. Le pareció un ángel que deambulaba dentro de la brisa marina. Un ser etéreo que no pertenecía a este mundo. Caminaba despacio, descalza y con el pantalón remangado, mientras el mar hundía sus pies entre sus fauces…
Mabel
continuación.
![]() |
| Fotografía D. C. |
Tras su despido por descubrir los manejos que el estudio para el que trabajaba llevaba a cabo con varias empresas, se había pasado el día envuelta en su bata estrellada, ahogándose en alcohol y tabaco. Ahora, parada en su deprimente balcón (jamás tenía tiempo para embellecer su casa), investigaba con su celular todo lo referente a cada una de las empresas implicadas y sus jefes. Cuanto más escarbaba en la red, más aversión sentía por esos ricachones que se creían que podían contaminar descarada e impunemente ríos y suelos solo para hacerse aún más ricos. ¡Ella no lo iba a permitir! No pararía hasta que terminaran en prisión y escrachados públicamente. ¡Los acabaría! ¿Echarla a ella? Ya verían de lo que era capaz.
Microrrelato inspirado en la fotografía.
Miedo
Miedo...
Miedo que corroe
las raíces de la determinación...
Miedo que pudre, poco a poco,
las sonrisas...
Miedo que socaba la alegría
en los corazones...
Miedo que arroja las almas
al abismo...
Miedo...
No, no te dejaré entrar
Apartar el dolor
Que los rayos del sol
caigan sobre tu rostro...
Apartar el dolor.
Que la suave brisa
roce tu piel...
Apartar el dolor.
Que las olas del mar
acaricien tus pies...
Apartar el dolor.
Que el canto de las aves
inunde tus oídos...
Apartar el dolor.
Que una mirada de amor
colme tu corazón...
Apartar el dolor.
Apartar el dolor.
Apartar el temor.
Solo certeza.
Angustia agazapada
Miró de reojo;
no me atrevo a hacerlo de frente.
Sé que está ahí, a la espera...
La angustia agazapada,
que espía...
que acecha...
Trata de disimularse en mi sombra
pero yo sé...
Esa nube negra aguarda
el momento adecuado
para saltar encima de mi cuerpo
y sofocarme con sus garras impiadosas
Quizá si me sacudo lo suficiente,
se disipe...
Aún no lo logré...
Una madre
Una madre no es solamente quien
te carga nueve meses en su seno.
Una madre es quien te besa
y te arropa todas las noches
para que duermas bien.
Una madre es quien te da la mano
para que no caigas,
pero también quien te empuja suavemente
para que te arriesgues.
Una madre es quien nunca
pierde la fe en ti…
Una madre es quien, día a día,
te enseña a crecer y a afrontar
los obstáculos de la vida.
Una madre es quien te acompaña
en las buenas y en las malas.
Una madre es quien siempre
tiene la palabra adecuada
que evita que tu corazón se hunda
en el abismo para siempre.
Una madre es quien te ama incondicionalmente,
sin importar cuántas veces laceres su corazón…
Ella sigue al frente, incansable, inquebrantable…
aunque le tiemble el alma y el sueño se le escape.
Gracias, mamá, por prepararme para caminar
por esta vida repleta de embistes.
¡Feliz cumple! ¡Te quiero!
Fragmentos...
El cielo límpido, del color de esa mirada hace ya tiempo arrebatada, y el lejano susurro del mar le arrancaron las lágrimas. Primero comenzaron su travesía perezosamente por la suave y clara piel de su rostro, pero rápidamente se asemejaron a estrellas fugaces que atraviesan apresuradas el firmamento. Se arrojó a la ventana y, apoyando sus manos en el vidrio como deseando alcanzar el celeste que la contemplaba desde afuera, cayó de rodillas, estremecido su pecho por fuertes sollozos.
Acecho
Miedo
Miedo...
Miedo que corroe
las raíces de la determinación...
Miedo que pudre, poco a poco,
las sonrisas...
Miedo que socaba la alegría
en los corazones...
Miedo que arroja las almas
al abismo...
Miedo...
No, no te dejaré entrar
Apartar el dolor
Que los rayos del sol
caigan sobre tu rostro...
Apartar el dolor.
Que la suave brisa
roce tu piel...
Apartar el dolor.
Que las olas del mar
acaricien tus pies...
Apartar el dolor.
Que el canto de las aves
inunde tus oídos...
Apartar el dolor.
Que una mirada de amor
colme tu corazón...
Apartar el dolor.
Apartar el dolor.
Apartar el temor.
Solo certeza.
Angustia agazapada
Miró de reojo;
no me atrevo a hacerlo de frente.
Sé que está ahí, a la espera...
La angustia agazapada,
que espía...
que acecha...
Trata de disimularse en mi sombra
pero yo sé...
Esa nube negra aguarda
el momento adecuado
para saltar encima de mi cuerpo
y sofocarme con sus garras impiadosas
Quizá si me sacudo lo suficiente,
se disipe...
Aún no lo logré...
Una madre
Una madre no es solamente quiente carga nueve meses en su seno.
Una madre es quien te besa
y te arropa todas las noches
para que duermas bien.
Una madre es quien te da la mano
para que no caigas,
pero también quien te empuja suavemente
para que te arriesgues.
Una madre es quien nunca
pierde la fe en ti…
Una madre es quien, día a día,
te enseña a crecer y a afrontar
los obstáculos de la vida.
Una madre es quien te acompaña
en las buenas y en las malas.
Una madre es quien siempre
tiene la palabra adecuada
que evita que tu corazón se hunda
en el abismo para siempre.
Una madre es quien te ama incondicionalmente,
sin importar cuántas veces laceres su corazón…
Ella sigue al frente, incansable, inquebrantable…
aunque le tiemble el alma y el sueño se le escape.
Gracias, mamá, por prepararme para caminar
por esta vida repleta de embistes.
¡Feliz cumple! ¡Te quiero!
Fragmentos...
![]() |
| Derechos de la imagen a quien corresponda. |
Acecho

Su voz retumbaba contra las paredes a su alrededor mientras atravesaba el aire con rapidez y el infinito vacío en su interior anegaba todos sus sentidos…
Poco antes, huía con precipitación entre matorrales, piedras y árboles, cuyas ramas fustigaban su rostro. Su pecho subía y bajaba, acuciante, y su cabeza giraba sin parar. Sabía que estaba allí, podía sentirlo. De repente, tropezó con una roca y se derrumbó con pesadez sobre las malezas. Un dolor, protervo e impiadoso, bailó por todo su cuerpo. Quiso levantarse pero sus piernas estaban como atornilladas al piso; sus ojos, presurosos, iban y venían de un lado a otro…
Corría otra vez, su respiración palpitaba en sus oídos y su mirada escaneaba con avidez su entorno. El paisaje ahora era menos tupido; se hacía más abierto y árido a medida que avanzaba. De golpe, el camino terminó. ¿Cómo no advertirlo? Logró detenerse justo al borde del abismo, pero el envión pudo más y perdió el equilibrio. El eco de su voz azotando las paredes… el hueco en el estómago… las álgidas aguas más y más próximas...
"Celina. ¡Celina!"... Abrió los ojos.
El Hilo Azul
Ese hilo no siempre elige el mismo camino, sino que cada vez lleva a sus pensamientos por diferentes rutas, por donde se encuentran con otros y la red se expande más y más.
El hilo azul hace de las suyas, puesto que en ocasiones no hace caso a las indicaciones de su líder y continúa por un sendero que este no quiere atravesar. El hilo se estira, se tensa y quizá esconda alguna parte detrás de una pesada puerta; sin embargo, nunca se rompe (sí, similar al hilo rojo de la leyenda japonesa). Nunca pierde un recuerdo, no importa cuánto intente su líder borrarlo.
El hilo azul forma un laberinto que atraviesa a su líder. Si se lo mirara de lejos, casi parecería una constelación. Hay días en que está muy travieso y se inmiscuye en asuntos que el líder no quiere. No importa cuánto este lo regañe, siempre se mantiene activo, circulando a toda velocidad, yendo por donde quiere sin importar las consecuencias. Y, claro, siempre incorporando incansablemente nuevos recuerdos a su cadena.
Hado
Micaela manipulaba el delicado dispositivo, mientras dejaba brotar de su mente los sucesos vividos en los últimos días. No lograba soltar, dejar las cosas libres y fluir con la energía del Universo. Movía sus manos con nerviosismo y el pequeño aparato giraba entre sus dedos a una velocidad alarmante.
![]() |
| Derechos de la imagen a quien corresponda. |
De pronto sucedió… En el momento en que, milagrosamente, el mecanismo exhibía la luz verde tan anhelada, este se desprendía de sus temblorosas manos y se precipitaba hacia el suelo... Supo que todo había acabado.
Búsqueda
Camino despacio. Me detengo y observo. Giro en redondo sin reconocer lo que me rodea. Las personas, extrañas para mí, pasan por mi lado incesantemente. Yo solo observo. Observo como si buscara algo, aunque no sé qué.
Una suave brisa mueve mis cabellos y acaricia mi piel. Las copas de los árboles bailan al compás y susurran melodiosamente al aire. Alguna parte de mí parece entender y sonríe.
Sigo observando los colores aparentemente más vivos; la gente ir y venir, cada uno en su pequeño mundo individual... Percibo también los sonidos, aunque lejanos, como si yo estuviera en otra dimensión y viera todo desde otro plano.
Busco. Busco algo. Busco a alguien. Me busco a mí...
Revelación
Un día cualquiera, a la vuelta del trabajo, cansado y hambriento, sucedió. Mientras miraba las vías del subte, casi sofocadas por las plomizas piedras, tuve la revelación.
Fue como si de pronto una briosa y enceguecedora luz ardiera frente a mí mientras me revelaba su verdad. La Verdad que estaba buscando incansablemente noche a noche en mis sueños y desvelos.
Hermes
No sé cuándo perdí el conocimiento. Ahora estoy nuevamente de pie en la misma calle, mientras un grupo de personas se agolpa a un costado de mí. No me dejan ver lo que está pasando, pero todos se muestran muy alterados. Le pregunto a uno de ellos qué sucede, sin embargo, este ni siquiera parece advertir que le estoy hablando. De repente, alguien se mueve y puedo ver que lo que todos están observando es a un hombre tirado en la vereda con la ropa colmada de sangre, que fue emanando de varios orificios en el pecho y el estómago. Miro su rostro y algo dentro de mí se retuerce.
Llegan una ambulancia y la policía. Algunas personas empiezan a explicar atropelladamente lo sucedido a los agentes; otras simplemente se marchan… Yo los miró con desazón. ¿En qué momento perdí mi camino?... Y me dejo llevar.
Ferrán
Las paredes del lugar son tan altas que un peatón desprevenido temería que se le caiga encima. El gris oscuro que las baña de punta a punta y las gruesas rejas en las pocas ventanas que se encuentran en ese océano de cemento emanan opresión por todos sus poros.
Del otro lado de estos muros, un grupo de personas vestidas con ambos caminan como ausentes por el pequeño patio que posee el lugar. Solo unos pocos juegan infantilmente a tirarse una diminuta pelota.
Ferrán siempre se encuentra solo. No le gusta relacionarse con los demás. Se siente diferente a ellos; está seguro de que lo es. Mira a su alrededor y luego hacia arriba. “Muy difícil”. Vuelve a concentrarse en el objeto que está tallando en el trozo de madera que le dieron en el taller de manualidades. Ilusos. Sonríe. De pronto, uno de los grandotes hace sonar su silbato y comienza a arrearlos a todos dentro del edificio. Él maldice internamente. Es un día muy agradable y piensa mejor al aire libre, con el cerebro oxigenado. Necesita pensar…
Ferrán no puede recordar cómo llegó allí y eso le provoca mucho malestar, ya que a él le gusta entender y conocer todo lo que sucede a su alrededor. Por tal motivo, ese bache en su memoria es una tortura diaria que se propuso erradicar. Mientras tanto, debía planificar.
A unos metros de distancia, dos hombres comienzan a pelearse, quién sabe por qué motivo. Siempre encuentran razones para pelear; parecería que así sobrellevan mejor el tiempo recluidos en ese lugar. Otros, por su parte, hacen muecas, simulan llorar y agarran a uno de los grandotes para abrazarlo; todo al mismo tiempo. Estos los miran con desprecio, aunque los dejan hacer.
Al principio, no dejaba de clamar y hostigar a todos para que lo dejaran en libertad, asegurando que habían cometido un error y que él no debería estar allí. Sin embargo, ninguno le hacía caso; al contrario, cuanto más reclamaba, peores eran las consecuencias: drogas, reclusión o castigos.
Un día, mientras observa una más de estas peleas, se le ocurre una idea. No es muy original, pero podría funcionar… Pasa los días subsiguientes pensando en cada uno de los detalles que es necesario tener en cuenta.
Finalmente, decide ir a la acción. Se trata de la jornada ideal, puesto que grandes camiones hacen acto de presencia, cargando todas las provisiones necesarias para la vida allí. Por eso, la mayor parte del personal está atento a otras cuestiones y solo unos pocos grandotes se quedan vigilando a los recluidos. Así que Ferrán, aprovechando esta circunstancia particular, provoca una riña entre dos de los más conflictivos, quienes no tardan en agarrarse a los golpes. Para su sorpresa, no son los únicos que se prenden en la pelea, lo que ocasiona un gran revuelo en el salón. Sin dudarlo un momento, sale disparado hacia la zona que ya sabe que va a estar menos vigilada. Esto no sin antes esconder entre su ropa el seudopuñal que talló en madera. Así, con la cabeza ladeada, una mueca grotesca, los hombros hacia arriba y las manos crispadas a la altura del pecho, avanzó decidido hacia su objetivo, con la mirada atenta a uno y otro lado. Como había sospechado, le prestan menos atención actuando de esta manera que cuando camina derecho y con determinación. Transita sin obstáculos la mayor parte del trayecto deseado hasta que de súbito suena. Se detuvo en seco, duro y sin comprender a qué se debía esa sirena. Tras unos instantes, decide continuar su camino, pero ahora más rápido y dejando a un lado la actuación. La alarma de emergencia continúa taladrando sus oídos, no obstante, a él no le importa y corre, corre al límite de sus fuerzas. Las compuertas comienzan a cerrarse. Arroja su seudopuñal hacia una de ellas para evitar que se cierre del todo, al tiempo que se lanza al suelo para patinar a partir del impulso e intentar traspasarla. A pesar de sus esfuerzos, solo logra chocarse con la puerta cerrada. El objeto no fue lo demasiado fuerte para sostenerla.
Se pone de pie pesadamente, sus ojos exhalan grandes llamaradas mientras observa enfrente de él el acero que lo separa de la libertad. Se da vuelta y lo ve. Ese condenado hombre que se la tiene jurada desde aquella vez lo acuchilla con la mirada, desafiante, junto a la entrada hacia una de las oficinas con acceso restringido. ¿Se las habrá ingeniado para forzar el sistema de seguridad? Maldito infeliz.
Una semana más tarde, Ferrán ya tiene ideado un nuevo plan. Esta vez no fallaría y, además, mataría dos pájaros de un tiro, vengándose de su enemigo.
Lo puso en práctica al día siguiente, durante la clase de manualidades. Decidido, constante, aunque sin apresurarse para evitar errores y sospechas, se dedica a la creación de una nueva artesanía en madera. Al finalizar, exhibe su obra ante el maestro del taller, quien lo premia por su excelente y meticuloso trabajo. El galardón consiste en el permiso de permanecer más tiempo del estipulado normalmente en el gimnasio, lo único “divertido” de toda la institución. Sin malgastar ni un segundo, se dirige hacia su recreación con la absoluta certeza de a quien encontrará allí. Camina acompasadamente, con una media sonrisa que le da un aire de compadrito arrogante y con las manos en los bolsillos que ocultan lo prohibido…
No tarda en alcanzar su destino, donde, como esperaba, lo ve levantando un conjunto de pesas en un rincón. Se acerca a su enemigo lentamente, comprobando que los deberían vigilar estaban en la suya y, con una sonrisa de triunfo, se detiene justo frente a él. Este se pone en pie, una torva mirada invade su rostro y clava sus ojos en el recién llegado. Sin dejar de sonreír ni mediar palabra alguna, Ferrán extrae de uno de sus bolsillos la navaja y la hunde en el estómago. Luego del arduo trabajo y en medio del agasajo, el maestro no notó que en la mesa de su alumno premiado no descansaba la aunque pequeña muy filosa navaja que había estado utilizando, y permitió que Ferrán se alejara.
Inmediatamente y sin darle tiempo al otro a reaccionar, el herido coloca la navaja en la mano de su oponente y emite un agudo y resonante alarido de dolor. Trastabilla hacia atrás con una mano sobre la zona desde la que borbotea sangre sin parar y se deja caer al suelo.
Lo próximo que sabe es que se encuentra en una ambulancia, que rápida y sonoramente, atraviesa las bulliciosas calles. Casi puede oler la libertad solapada… Se mira la herida y sonríe. Las largas horas transcurridas en la reducida biblioteca investigando sobre anatomía humana le sirvieron: la herida no es grave, se aseguró de ello. Decide actuar. Aprovecha la distracción del paramédico para comenzar a moverse. Primero despacio, mientras desconecta lo necesario, y luego rápidamente, abalanzándose hacia la puerta que lo separa del mundo. Oye un grito por detrás. El paramédico, que se había distraído charlando con sus compañeros, intenta alcanzarlo. Demasiado tarde. Ferrán es más rápido y ya se encuentra fuera del vehículo. Por un segundo, cree perder el conocimiento nuevamente, aunque sigue corriendo. No mira hacia atrás ni una sola vez. Se limita a correr desaforadamente y a interponer entre él y los otros más y más distancia. Su corazón atiza su pecho sin parar y sus músculos comienzan a agarrotarse, pero Ferrán no se detiene. Sonríe. Es libre.
Más vueltas de tuerca
Otro día en esta escuela. Días atrás, cuando pisé por primera vez estos suelos empolvecidos por el paso de tantos pies, me sentía contenta. Enseguida me puse a charlar con compañeros de clase, quienes me acogieron muy bien e inmediatamente me integraron al grupo. Por eso, cuando comenzaron con esas historias, yo me reía. Realmente no les creía. Pensaba que eran las típicas historias de fantasmas o de terror que cuentan los chicos a los nuevos para asustarlos y tomarles el pelo inocentemente. Sin embargo, pronto descubrí que, detrás del aparente desenfado de sus tonos de voz, había algo más… algo de temor. Este era apenas perceptible… por eso creo que no lo noté el primer día, no obstante, ahí estaba.
Esa sensación, o mejor dicho, esa percepción débil, pero patente, comenzó a aflorar en mí al advertir comportamientos extraños en los demás estudiantes, como esas chicas que murmuraban en un rincón del baño. Mientras una de ellas hablaba, la otra ofrecía unos ojos tan abiertos y abombados que parecían dos bolas de billar. No logré escuchar bien lo que decían, solo pude rescatar las palabras “inodoro” y “movimiento”. ¿Se le movió el inodoro al ir a orinar? Supongo que esa hipótesis es demasiado descabellada. ¿Cómo podría moverse el inodoro? ¿Y el agua adónde iría a parar? No, no es posible... Sí estoy segura de que algo raro sucede en esta escuela. Hasta los maestros actúan de forma extraña.
No termina de cruzar ese pensamiento por mi mente cuando lo siento. Fue como una especie de gruñido, solo que proveniente de las paredes, acompañado de un leve temblor de los cimientos. Yo estoy en el medio del pasillo, aún no había llegado a mi aula ni había visto a ninguno de mis amigos. ¡¿Qué-ra-yos-fue-eso!? Paralizada, sin atreverme a mover un solo músculo y casi sin respirar, espero. No sé qué; tal vez que se vuelva a producir ese escalofriante sonido. Poco a poco, voy recuperando el valor. Miro para un lado y para otro. Todo el mundo aparenta tranquilidad aunque se lanzan miradas furtivas con una oculta complicidad, que demuestra que a ellos también se les había helado la sangre. Todo está igual que antes, a excepción del estremecimiento que sé nos recorre a todos por dentro. Entonces decido seguir mi camino hacia el aula. No puedo esperar a encontrarme con mis amigos; quiero verles las caras, sus expresiones... Y, ante todo, ¡quiero una explicación!
Ya estoy enfrente de la puerta del curso, que se encuentra entornada. Levanto el brazo para empujarla y terminar de abrirla, sin embargo, algo me detiene. Las piernas, aparentemente cansadas de sostener mi peso, pierden su fuerza. ¿Qué fue eso? Algo me dice que no hay nadie dentro, pero yo oigo un sonido, como un leve rasgueo, aparentemente no humano… ¿O es solo mi mente paranoica? El corazón sacude mi pecho con fiereza y estoy a punto de salir corriendo fuera de aquí. Quiero irme lejos… lejos de estos ruidos, apagones, murmullos y falsas apariencias. No obstante, me digo a mí misma que no puedo ser cobarde y que debo enfrentar los problemas que la vida me presenta. Seguramente mi cerebro me está jugando una mala pasada por todo lo que me estuvieron contando. ¡Ya me las van a pagar estos pibes! ¡Qué se creen! Sonrío y muevo la puerta hacia dentro.
Nada. No hay nadie. Estoy completamente sola. Doy unos pasos hacia el interior del aula, pasmada, cuando todo se vuelve negro. Un cosquilleo recorre de punta a punta mi espina dorsal y se eriza el cabello de mi nuca. ¡Este lugar terminará por volverme loca! Mi respiración es entrecortada, como si acabara de correr una maratón… Con el cerebro sumergido dentro de una pileta de pavor, intento rescatar alguna idea, algo… ¡no sé qué hacer! Tras unos instantes, súbitamente puedo ver con claridad. Parpadeo desconcertada. Por un segundo no sé dónde estoy, hasta que poco a poco reconstruyo en mi mente los sucesos recientes. ¡Tengo que salir de aquí! No llego a girar del todo mi cuerpo cuando escucho el terrible portazo que se produce apenas a dos metros de donde estoy. Grito del sobresalto y de terror. ¡Ya no me importa nada, me voy! ¡Me voy de esta escuela espeluznante! Corro desesperadamente, agarro el pomo de la puerta y tiro hacia abajo. Con estupor y pánico, miro el maldito objeto que se ha separado del pedazo de madera, que se suponía debía abrir, para quedarse mirándome burlonamente desde mi mano. ¡No puede ser! ¡Tengo que salir! Grito pidiendo socorro. Grito, a pesar de tener la certeza de que ya no tengo escapatoria… una vez dentro, ya nadie sale.
Apariencias
Doña Adelaida era una pequeña anciana que vivía en una pequeña casita, en una
Todos en el barrio conocían y apreciaban a Doña Adelaida. Siempre con una sonrisa en el rostro surcado de arrugas y un pañuelo estampado envolviendo su lacio cabello gris plata (que, mechoncito a mechoncito, se las ingeniaba para escaparse de su prisión), regalaba caramelos a los niños que jugaban en la calle, tomaba mate con sus vecinos y alimentaba a los pajaritos del parque. Incluso, cuando realizaban ferias para recaudar fondos, colaboraba poniendo a la venta sus riquísimos buñuelos de manzana, que se vendían en un santiamén.
Así pasaba sus días, alegre y dando alegría.
Un día como cualquier otro, Doña Adelaida entró en su pequeña casita de ladrillos, dejó el bastón a un costado del pequeño recibidor y la cartera en el pequeño perchero. Siguió avanzando con su ondulante andar y la bolsa de la compra en la mano hasta una pequeña puerta de madera oscura. La abrió con una llave que colgaba de una cadena en su cuello y bajó la pequeña escalera que conducía a un pequeño sótano. Allí quitó el pedazo de tela que tapaba la boca y le acercó la botella de agua.
—Doña Adelaida, por favor, no volveré a hacerlo… ¡Se lo juro! —lloriqueó el hombre atado a la silla.



















Comentarios
Publicar un comentario